Rara es la ermita de todas las que en estas páginas han ido apareciendo que no tenga, para quien suscribe, alguna circunstancia especial por la que no haya acabado por tomarle cariño. En el caso que nos ocupa son muchos los motivos que hacen del lugar un hito personal que ha trascendido tanto a mi como a mis trabajos de campo, habiéndose convertido, hoy por hoy, en uno de los referentes más antiguos conocidos -si no el que más- en el que se practicó el ritual funerario de incineración dentro de la protohistoria hispana.
Me explico. Hace ya unos cuantos años (poco antes del cambio de milenio, ahí es nada) realizando el trabajo de campo de mi tesina, localicé un asentamiento romano en el lugar que en el pueblo (Oncala) denominan San Pedro. Se trataba de un asentamiento rural de los que en el argot arqueológico denominamos vicus, un pequeño poblado abierto dedicado a la explotación agrícola y ganadera del entorno, como hoy. En principio nada excepcional, un asentamiento rural más sobre una vía de comunicación, la que enlazaba en época romana el poblado central del Alto Linares (Los Casares de San Pedro Manrique) con el altiplano numantino por el puerto de Oncala. Sin embargo por sus restos materiales tuvo el lugar un plus de riqueza poco habitual, entre los fragmentos cerámicos de su vajilla romana de mesa (en el argot terra sigillata) localizamos unos pocos de importación, la denominada terra sigillata sudgalica, fabricada en el sur de Francia.
Hace poco más de un lustro, cuando se planificó el arreglo de la carretera de Soria a San Pedro Manrique por Oncala, que atraviesa el yacimiento, comuniqué al Servicio Territorial de Cultura la circunstancia. Desde aquí me plantearon la posibilidad de dirigir la actuación de urgencia, pero como en esos años no tenía los medios y el equipo de hoy, muy a mi pesar desistí de presentar una propuesta. El trabajo, extraordinario por cierto, lo llevó a cabo la empresa Areco, y los resultados sobrepasaron con creces las expectativas. Del asentamiento romano se exhumaron varias estancias cuadrangulares, una de ellas con hogar, de vivienda por tanto. Hasta ahí más o menos lo previsible... y a partir de ese punto las sorpresas, la primera a poniente, donde se exhumó una necrópolis (cementerio) de incineración del Bronce Final, datada por Carbono 14 en el siglo XI a. C., una antigüedad que rompe bastantes esquemas de lo reconocido por la investigación. Y la segunda sorpresa sobre los restos romanos, la ermita que nos ocupa, San Pedro del Aya.
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| Estancias de cronología romana |
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| Edificio inferior: cabecera absidiada |
La vieja ermita de San Pedro se ubicó a la salida del pueblo, sobre la encrucijada que forman la carretera de San Pedro Manrique a Soria con el camino tradicional que desde Oncala conectaba con el Valle del Cidacos por el portillo de Los Campos. En definitiva, un lugar de ancestral ocupación humana con restos de un cementerio de hace más de tres mil años, un milenio después acogedor caserío romano y hace quinientos ermita dedicada al primer pontífice de Roma.
Las excavaciones de la década pasada sacaron a la luz dos edificios superpuestos, es decir, una primera ermita más antigua, de cronología bajomedieval, y una segunda superpuesta moderna producto de una profunda remodelación, o mejor, una reconstrucción de la ermita que eliminó buena parte del edificio antiguo. El edificio inferior, el más antiguo, tuvo planta rectangular con cabecera en ábside semicircular de canónica orientación este y acceso por el sur de poco más de un metro. Parece que el edificio tuvo una necrópolis adosada por el sur pues junto al muro de cierre se localizó un enterramiento en tumba de lajas. El edificio superior, de época moderna, tiene planta rectangular con el suelo interior empedrado. En la esquina sudoeste se conserva el repunte de un contrafuerte cuadrado. Al sur, por el exterior, tuvo una especie de acera empedrada de medio metro de anchura y un canal de desagüe.
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| Edificio superior: empedrado |
Para esta entrada: Eduardo (texto y fotos)
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