Hace unos días tuve la suerte de
coincidir con Dolores Sáenz en La Plazuela y, como siempre que le planteo algún
tema cultural sampedrano, no me fui de vacío. Para empezar me confirmó con un
topónimo el nombre de la estructura donde apunté que pudo ubicarse la desaparecida
ermita de San Cristóbal…, sí, me dice, aquello se llama el chozo o corral de San Cristóbal. Tomada nota (mental) del nombre
del lugar, enseguida pasé a una de las ermitas que en este momento me ocupan,
también desaparecida, antiguo lugar de culto al que hace mención Gervasio
Manrique, la ermita de San Lázaro.
Dice Manrique que ésta de San Lázaro se
localizaba en la desembocadura del barranco de Valdeavellano, en la trasera del
Castillo y, efectivamente, Dolores incidió de nuevo con un topónimo en la
ubicación que señala Manrique: los cortes rocosos escalonados que flanquean la
margen izquierda de la desembocadura de este arroyo se conocen como las Peñas de San Lázaro.
El acceso al lugar es sencillo, basta
tomar la ruta de senderismo que sale de San Pedro Manrique siguiendo aguas
abajo el curso del Linares, la denominada ruta
de los despoblados, y estar atentos al primer barranco que baja por la
margen izquierda a poco más de 100 m del tótem inicial de la ruta… ése es el
citado de Valdeavellano. La ruta salva su arroyo en forma de puente a escasos
metros de su desembocadura en el Linares.
Este hermoso puente pasa desapercibido al
atravesarlo dirección Vea. Hay que bajar al lecho para apreciar su arco con
piedra de natural escuadrada ‒casi la antítesis estética de lo que son
perfectos sillares pero no menos sólidos ni atractivos‒ para confirmar el valor
etnográfico de este ejemplo de estructura civil tradicional que, como otros
muchos, se esconden fosilizados en el tiempo entre arbustos y maleza de
nuestras, en este sentido, no tan desafortunadas Tierras Altas. No me cabe duda
de que con su documentación y divulgación estos bienes etnográficos acabarán
siendo valorados como pequeños tesoros, reliquias de un pasado no muy lejano
que conviene cuidar y proteger.
Mirando hacia el oeste, y en un radio de
unas decenas de metros de este puente hubo de estar la ermita de San Lázaro,
una ermita que Gervasio Manrique describe como de proporciones reducidas y en
la que no eran raros los oficios religiosos. Parece que fue derribada hace más
de dos siglos, antes de la Guerra de Independencia. Según apunta este autor la
imagen de San Lázaro fue robada por los franceses de la iglesia de la Virgen de
la Peña a donde había sido llevada tras su demolición. Dice también Manrique
que todos los viernes de cuaresma se hacía un viacrucis, procesión de 14 pasos
o estaciones que quizás jalonaron el recorrido desde la que pudo haber sido la
parroquia a la que estuvo adscrita, tal vez la Virgen de la Peña, la más
cercana y en la que acabó la imagen del santo tras su demolición.
El espacio en el que suponemos pudo haber
estado su pequeño edificio está ocupado en la actualidad por algunas huertas
aterrazadas, hoy yermas, entre las que se mantiene en pie en la margen izquierda
un corral ruinoso del que sale una vereda que salva el lecho para ascender
aparentemente hacia la Virgen de la Peña. Por la ladera de roca pelada que
rodea el camino ruedan piedras sueltas, abundantes trozos de teja y fragmentos cerámicos,
testigos últimos de realidades humanas pretéritas.
Para esta entrada: Eduardo (texto e imágenes).
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