lunes, 21 de enero de 2019

LA ERMITA DE SAN LÁZARO (SAN PEDRO MANRIQUE)



Hace unos días tuve la suerte de coincidir con Dolores Sáenz en La Plazuela y, como siempre que le planteo algún tema cultural sampedrano, no me fui de vacío. Para empezar me confirmó con un topónimo el nombre de la estructura donde apunté que pudo ubicarse la desaparecida ermita de San Cristóbal…, sí, me dice, aquello se llama el chozo o corral de San Cristóbal. Tomada nota (mental) del nombre del lugar, enseguida pasé a una de las ermitas que en este momento me ocupan, también desaparecida, antiguo lugar de culto al que hace mención Gervasio Manrique, la ermita de San Lázaro.

Dice Manrique que ésta de San Lázaro se localizaba en la desembocadura del barranco de Valdeavellano, en la trasera del Castillo y, efectivamente, Dolores incidió de nuevo con un topónimo en la ubicación que señala Manrique: los cortes rocosos escalonados que flanquean la margen izquierda de la desembocadura de este arroyo se conocen como las Peñas de San Lázaro.

El acceso al lugar es sencillo, basta tomar la ruta de senderismo que sale de San Pedro Manrique siguiendo aguas abajo el curso del Linares, la denominada ruta de los despoblados, y estar atentos al primer barranco que baja por la margen izquierda a poco más de 100 m del tótem inicial de la ruta… ése es el citado de Valdeavellano. La ruta salva su arroyo en forma de puente a escasos metros de su desembocadura en el Linares.


Este hermoso puente pasa desapercibido al atravesarlo dirección Vea. Hay que bajar al lecho para apreciar su arco con piedra de natural escuadrada ‒casi la antítesis estética de lo que son perfectos sillares pero no menos sólidos ni atractivos‒ para confirmar el valor etnográfico de este ejemplo de estructura civil tradicional que, como otros muchos, se esconden fosilizados en el tiempo entre arbustos y maleza de nuestras, en este sentido, no tan desafortunadas Tierras Altas. No me cabe duda de que con su documentación y divulgación estos bienes etnográficos acabarán siendo valorados como pequeños tesoros, reliquias de un pasado no muy lejano que conviene cuidar y proteger.


Mirando hacia el oeste, y en un radio de unas decenas de metros de este puente hubo de estar la ermita de San Lázaro, una ermita que Gervasio Manrique describe como de proporciones reducidas y en la que no eran raros los oficios religiosos. Parece que fue derribada hace más de dos siglos, antes de la Guerra de Independencia. Según apunta este autor la imagen de San Lázaro fue robada por los franceses de la iglesia de la Virgen de la Peña a donde había sido llevada tras su demolición. Dice también Manrique que todos los viernes de cuaresma se hacía un viacrucis, procesión de 14 pasos o estaciones que quizás jalonaron el recorrido desde la que pudo haber sido la parroquia a la que estuvo adscrita, tal vez la Virgen de la Peña, la más cercana y en la que acabó la imagen del santo tras su demolición.


El espacio en el que suponemos pudo haber estado su pequeño edificio está ocupado en la actualidad por algunas huertas aterrazadas, hoy yermas, entre las que se mantiene en pie en la margen izquierda un corral ruinoso del que sale una vereda que salva el lecho para ascender aparentemente hacia la Virgen de la Peña. Por la ladera de roca pelada que rodea el camino ruedan piedras sueltas, abundantes trozos de teja y fragmentos cerámicos, testigos últimos de realidades humanas pretéritas.


Idoubeda oros 2019 etnografía: Maricruz GC, Eduardo AP.
Para esta entrada: Eduardo (texto e imágenes).

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