
La ermita tiene planta cuadrada de 6'55m de lado con orientación norte-sur. La cabecera está en el norte, donde se sitúa el altar y sobre él una hornacina empotrada en la pared. El acceso se hace mediante puerta única con arc
o rebajado en ladrillo tradicional. La cubierta, hoy hund
ida, fue a cuatro aguas y el vuelo del alero se hizo a base de la tradicional superposición de teja y ladrillo. El interior se enlució con estuco revocado de cal. Protegiendo el acceso sur se levantó un muro en forma de L de 3'75m de largo, que hace el papel de porche. A su amparo se adosó un poyo de asiento. En definitiva, la ermita de Santa Cecilia mantiene las constantes de la mayoría de las ermitas comarcales, una capilla cuadrada precedida de porche de acceso. Una particularidad es que el acceso se hace mediante puerta única y excepcional resulta el porche que se limita a un muro que protege de las inclemencias del noroeste.
Algunos fragmentos apuntan a una cronología medieval, datación que se complementa con la recolocación sobre el arco de entrada de una estela discoidal, contemporánea por tanto, aunque por desgracia hoy desaparecida. Abundantes son también los fragmentos de las llamadas cerámicas de tradición indígena, con cocción oxidante y pintura negra, de cronología muchas veces imprecisa aunque en el caso presente la inmediatez de un yacimiento de tiempos romanos, El Collarazo, remite a este momento como el más probable.
El Collarazo es un vicus o aldea romana que se extiende desde la ermita hasta el sector superior del otro lado de la vaguada, donde aparecen la mayoría de los restos. Se desarrolla como poblado en época imperial y parece mantener cierta vida durante la alta edad Media al haberse atestiguado algunos fragmentos de cerámica a torneta. Los materiales
romanos son los habituales fragmentos de vajilla fina de mesa (terra sigillata), cerámica de cocina, de almacenaje, molinos etc. No faltan objetos de adorno como una cuenta de collar en pasta de vidrio. Una estela romana y una inscripción de cronología tardía localizadas en el pueblo nos dan los nombres de algunos de los habitantes más pudientes del vicus: Sempronio, Valeria, Aemilia Ursula, Saturnina, Materno... gentes serranas de hace más de 1500 años.
Enlazando con lo dicho al comenzar, parece vislumbrarse una evolución del poblamiento de esta aldea serrana en torno a esta santa y la ermita, de tal manera que ha dado nombre al pueblo. El núcleo ancestral del poblado, el vicus donde vivieron los mencionados Sempronio, Saturnina y demás
estuvo centrado en la vertiente oriental de El Collarazo; quizás ya tenía su lugar sagrado en torno a la ermita, a poco más de 100m de lo anterior. Desaparecida la aldea romana, en tiempos medievales se asienta la gente en torno al pueblo actual, situado en la base de la vaguada oriental. No sabemos si existía ya la ermita, aunque las cerámicas de cronología medieval apuntan a que sí, o en su defecto al mantenimiento de un pequeño núcleo de población o barrio. Desde avanzada la época moderna, los vestigios del viejo vicus hacía siglos que estaban olvidados, el pueblo actual vivía el apogeo de la trashumancia de merinas y una ermita, la de Santa Cecilia, equidistante y unida por el mismo camino a ambos núcleos de población recordaba y recuerda el vínculo entre el viejo despoblado romano y la aldea actual, que lucha como la mayoría de pueblos serranos por no seguir de forma inmediata el mismo destino, la despoblación, situación que se da ya de hecho salvo en verano.




















