jueves, 21 de diciembre de 2017

SAN CRISTÓBAL (SAN PEDRO MANRIQUE)



Hace casi medio siglo que Gervasio Manrique apuntó a la existencia de esta desconocida ermita en tierras de San Pedro Manrique sin dar referencia alguna de su posible localización.


A mediados de la década pasada, volcada mi investigación en el poblamiento del momento final de los tiempos celtibéricos, me llamó la atención un cerro localizado al nordeste de la cubeta de San Pedro Manrique, alto que disponía de una posición dominante que favorecía el control estratégico de todo el nacimiento del Linares, y en el que se atisbaba, visto desde el yacimiento de Los Casares, un derrumbe de piedra coronando el alto. Su emplazamiento inmediato al poblado central de época celtibérico-romana, situado a sus pies, si se interpreta como torre contemporánea, permitiría a este núcleo urbano de la Antigüedad el control estratégico de todo el valle. El topónimo que en el MTNE consta de este alto es sugerente... San Cristóbal.


Corona este cerro de San Cristóbal una estructura cuadrangular de unos 12'30 x 10 m, orientada de norte a sur, con muros de 0'7 m de potencia que conservan un máximo de 1'30 m de altura en la esquina noroeste, donde la piedra está bien asentada trabada con barro. Aparentemente tuvo su acceso por el este. El entorno de esta estructura estuvo limitado al menos en dos de los lados (oeste y norte) por un muro de piedra distante entre 20 y 40 m.

Tanto entre los derrumbes del viejo edificio como en el entorno son abundantes los fragmentos de teja medieval/moderna y contados los fragmentos de cerámica, aparentemente de similar cronología, nada por tanto que pueda asociarse con una antigua torre de control prerromana y sí con una estructura tradicional cubierta con teja, de tiempos mucho más recientes por tanto. Resulta curioso el testimonio de una ficha lograda a partir del recorte circular de una teja.


Los restos que se aprecian son de un edificio moderno que por sus dimensiones cuadra con una estructura tradicional vinculada al aprovechamiento ganadero, sin embargo su emplazamiento coronando el alto se sale de la lógica de tenadas y corrales que buscan el óptimo en habitabilidad desplazando su construcción hacia alguna de sus laderas algo más acogedoras que la desapacible cumbre. Queda por tanto la puerta abierta a que pueda tratarse de la ermita de San Cristóbal de la que Gervasio Manrique añade que ya existía en el siglo XVI, tiempos en los que un fraile residía en la misma. A ella se acudía en solemne procesión dando el fraile de comer al cabildo "una gallina para caldo y tocino de pernil".

Cuenta el santoral que Cristóbal fue un mártir de los siglos III-IV, hombre atlético que ayudaba a pasar un peligroso río a los viajeros y que tenía como afán servir al ser más poderoso del mundo. Su deseo se cumplió en la travesía más pesada, la de un niño, al que comentó que le había pesado como el mundo. No has pasado al mundo, has pasado a su creador, le dijo el niño. Esa es la iconografía del santo, un atleta con Cristo niño en el hombro sosteniendo la bola del mundo. Una imagen de San Cristóbal puede verse en la sacristía de la ermita del Humilladero de San Pedro Manrique, pero nada que ver con un recuerdo de la vieja ermita: nos comentó Antonio, el párroco, que la compraron hace no muchos años para celebrar al que en España es patrono protector de los conductores y en el orbe cristiano de los viajeros en general.

Torre celtibérica, ermita moderna, tenada tradicional... merece la pena ascender este cerro en busca de cualquiera de estas tres posibilidades o sueños. Quizás tengamos la suerte de encontrar la pista que desvele el misterio. Y sin duda disfrutaremos de una imponente panorámica de la cubeta de San Pedro con el yacimiento celtibérico-romano de Los Casares a los pies.


Idoubeda oros 2017 etnografía: Maricruz GC, Eduardo AP.
Para esta entrada: Eduardo (texto e imágenes).
© idoubeda 2017

lunes, 9 de octubre de 2017

LA IGLESIA DE SAN JUAN (SAN PEDRO MANRIQUE)

 

Numerosos son los autores que se han referido a esta antigua iglesia de San Pedro Manrique, una de las cuatro parroquias de la villa de la que quedan escasos y un tanto desapercibidos restos, ruinas reconocidas como bien arqueológico merecedor de protección preventiva tanto en el inventario de la Junta de Castilla y León como en la Normativa Urbanística Municipal. En el último siglo y medio P. Madoz, M. Blasco, G. Manrique, G. Martínez, C. Álvarez,  M. A. San Miguel y J. M. Vasco han aportado datos y documentación sobre esta iglesia que tan mal ha llevado los cambios sociales y el paso del tiempo. Las otras tres parroquias del viejo orden eclesiástico local han mantenido su presencia en el "paisaje" urbano de nuestros días al amparo de su utilidad y función social: San Martín como parroquia actual, la Virgen de la Peña como ermita que acapara buena parte del sentir religioso-festivo local, y San Miguel, aunque en ruina -imponentes ruinas, hay que decirlo-, como soporte del cementerio.


Los restos de la iglesia de San Juan se localizan inmediatos por el norte al casco urbano de San Pedro Manrique, un centenar de metros al sur del castillo bajomedieval, e inmediatos por el norte al paseo que une San Miguel (cementerio) con la ermita de la Virgen de la Peña. Como parroquia parece que tenía adscrito todo el sector intramuros que baja del castillo por la calle Cuatro Esquinas hasta la Plazuela siendo su límite meridional el arroyo del Regajo. Incluía entre sus feligreses y parroquianos a los vecinos de La Rochela, la puerta de la Nava y al señor del Castillo. De la Tierra de San Pedro dependían de San Juan las iglesias del pueblo/barrio de Buimanco y de las aldeas de El Collado y Villarijo.


El aspecto que presenta hoy el solar que esconde las ruinas de San Juan es la de un espacio abierto y escalonado, como buena parte de la ladera meridional del castillo aterrazado de cara al sur por un muro, que en su caso es muy potente e inusualmente alto. Este muro tiene casi 17 m de longitud de los cuales los 2'70 m más orientales se retranquean hacia el norte. Su sector inferior o base es más potente conformando una especie de zócalo para servir de mejor asiento al resto del alzado. En la zona media del muro se ha abierto un boquete que da acceso al interior de una estructura de planta cuadrada de 5'20 m de lado y con cubierta abovedada a un máximo de 2'50 m de altura respecto del firme actual. La piedra de esta estructura, como el zócalo exterior, está trabada con mortero de cal.

Este espacio interior cerrado o cripta parece que pudo utilizarse como osario pues son abundantísimos los restos humanos en su interior, huesos que también asoman en la tierra que ha dejado al descubierto la pared o muro de contención retranqueado oriental en el punto en que se ha venido abajo. En definitiva todos estos restos humanos evidencian la proximidad del cementerio parroquial. En la práctica, éste hecho es lo que queda en la memoria de muchos sampedranos de la parroquia de San Juan, un oscuro lugar bajo el castillo ligado a aventuras y temores de la infancia, al que se accede por un pasadizo y en el que hay calaveras y huesos humanos.


Es curiosa la cita de M. Blasco, repetida por otros autores, quien apunta que la iglesia estaba construida "a modo de mezquita", lo que lleva a evocarla como un espacio de oración cuadrangular y con cubierta a escasa altura en el que destacaría la torre pegada por el interior a un lateral. En esta torre hubo de haber varias campanas, pues se sabe que una vez que estaba ya arruinada la iglesia se costeó con la venta de una de ellas el reloj público. Otra de las campanas parece que es la menor que corona el acceso a la arena del paso del fuego.


Alguno de los ritos heredados y que se repiten cada mañana del día de San Juan parece que tuvieron antaño como contexto a la parroquia homónima del santo. Así, cuentan G. Manrique y C. Álvarez que  la corporación emprendía el recorrido a caballo de la descubierta al son de volteos de las campañas de San Juan; tras el recorrido vuelven a pie a la iglesia acompañando a las móndidas para, tras la misa, regresar juntos al Ayuntamiento, ritual que se rememora hoy en la Virgen de la Peña con la ofrenda de los arbujuelos.

El recuerdo de esta iglesia parece que aún está presente en el recorrido ritual de la descubierta. A unos 50 m de las ruinas dirección este hay una gran piedra circular perforada a la que se define como rollo; se trata de un soporte en el que hubo de fijarse algún elemento o estandarte, quizás la cruz al aire libre que G. Manrique dice que estaba junto a San Juan; dice también que en torno a este rollo convergían todas las procesiones que llegaban a la parroquia. En la segunda parte del recorrido que hacen alcalde, ediles y secretario, la que recorre las viejas parroquias, tras San Martín y la Virgen de la Peña la corporación alcanza este rollo al que rodean y ante el que se descubren como lo habían hecho al pasar por las anteriores y luego lo harán en San Miguel.


Aunque M. Martínez apunta que las parroquias existieron como tales hasta mediados del siglo XVII, en el Diccionario de Madoz, a mediados del XIX, aún se habla de parroquias al referirse a San Juan, San Miguel, Santa María y San Martín, categoría que M. Blasco da por perdida medio siglo antes de la publicación de su Nomenclátor (1909), año en el que describe la de San Juan como arruinada, lo que coincide con G. Manrique quien afirma que es desmantelada en torno a 1870.

San Pedro Manrique, desde San Juan

Idoubeda oros 2017 etnografía: Maricruz GC, Eduardo AP.
Para esta entrada: Eva Garijo (imágenes Autocad), Eduardo (texto e imágenes).
© idoubeda 2017

miércoles, 30 de agosto de 2017

SAN ROQUE (SAN PEDRO MANRIQUE)

 
 
Las Eras de San Roque se sitúan a poniente de San Pedro Manrique, inmediatas por el sur a la carretera que lleva a la vecina tierra de Yanguas. Según cuenta Gervasio Manrique, en la parte alta de las eras existió una ermita bajo la advocación de San Roque, inmediata al viejo camino que llevaba a Palacio de San Pedro. En el momento en que escribe, hace ya medio siglo, dice que no quedaban vestigios y sólo los más mayores de San Pedro supieron ubicarla entonces en torno a este lugar.

 
Como bien dijo G. Manrique nada con atisbos de sagrado se aprecia en el entorno de las Eras de San Roque, un espacio suburbano a caballo entre los últimos edificios de la localidad y el terruño agrícola que le rodea, campos de cereal surcados por algunos caminos -hoy pistas de parcelaria- que apuntan dirección a las aldeas inmediatas por el oeste: Taniñe, Fuentes y Palacio.

 
Quizás casualidad... o quizás no, si que participa el lugar en dos jornadas festivas, en parte religiosas y en parte no tanto, de indudable trascendencia en el sentir sampedrano. El día de la Cruz de Mayo las Eras de San Roque se reparten con Carrera Mediana, en años alternos, el protagonismo en la bendición de campos, ritual propiciatorio al que sigue, ya en el Ayuntamiento, el multitudinario y siempre emocionante sorteo de móndidas.
 
Más protagonismo adquieren nuestras eras la mañana de San Juan. El recorrido ritual que desde primera hora de la mañana hace a caballo la corporación municipal, la Descubierta, se divide en dos partes. En la primera, en lo sustancial por el exterior del recinto amurallado de la villa, las móndidas reciben a la corporación junto a la ermita situada en la entrada oriental de la villa, la ermita del Humilladero. En la segunda, básicamente intramuros, tras recorrer a caballo las cuatro parroquias de la vieja villa (San Martín, Santa María, San Juan y San Miguel), la corporación sale fuera de las murallas para finalizar la Descubierta en las Eras de San Roque donde les esperan las tres móndidas. Alcalde, concejales y secretario dejan aquí el caballo para, ahora a pie, acompañar en séquito a las móndidas hasta el Ayuntamiento y después a la Virgen de la Peña para la ofrenda de los arbujuelos.

Resulta extraño que un conjunto de tradiciones tan ritualizadas como son las de San Pedro Manrique la mañana de San Juan, en las que cada paso de la fiesta-rito está cargado en la forma y en el fondo de símbolos, se elija para este encuentro definitivo entre móndidas y corporación municipal un lugar en apariencia un tanto anodino... No lo sería tanto si pensamos que en este entorno se emplazó una ermita hoy desaparecida y casi olvidada.

Volviendo a G. Manrique, cuenta que esta ermita debió tener su importancia pues San Roque contó con su propia cofradía, que hace medio siglo en la ermita del Humilladero se guardaban unas reliquias del santo dentro de una cajita de plata y que su imagen, entonces también en el Humilladero, salía encabezando todas las procesiones. Esa hermosa imagen es quizás la que hoy se conserva a la derecha del retablo principal de San Martín. En ella el santo protector de peregrinos muestra una llaga en su pierna acompañado al pie de un pequeño ángel. En la base una inscripción data la talla:
SAN ROQUE / AÑO 1694

 
Idoubeda oros 2017 etnografía: Maricruz GC, Eduardo AP.
Para esta entrada: Francisco Ruiz (imágenes), Eduardo (texto e imágenes)
© idoubeda 2017


viernes, 31 de marzo de 2017

SAN PEDRO EL VIEJO (SAN PEDRO MANRIQUE)

 
 
Ruinas de San Pedro el Viejo
nido de
alcotanes fieros
que supieron doblegar
el valor de tus guerreros.
 
Este verso  que un grafitero anónimo de los de a viejo lápiz pintó en la pared interior del ábside, resume de forma afortunada mito y realidad de lo que son unas ruinas alimentadas por la leyenda fantástica de un pasado de monjes guerreros y templarios, y un presente en el que destaca la silueta de su descarnada estructura en el alto dominante de la cubeta de San Pedro; en la soledad y altura de su cerro acoge a la vez que compite con el vuelo de las rapaces más despiadadas.

 La iglesia fortaleza de San Pedro el Viejo se emplaza en un alto estratégico que domina los pequeños rellanos aluviales del fondo de valle de la cubeta de San Pedro. Como bien supo ver Miguel Ángel San Miguel milenio y medio antes que el edificio religioso medieval este cerro estuvo ocupado por un pequeño poblado originado en la Primera Edad del Hierro del que aún puede apreciarse el talud de su recinto amurallado y en su interior rodar fragmentos cerámicos de las culturas castreña y celtibérica mezclados con los contemporáneos de los restos medievales y otros reflejo de cierta vida en tiempos modernos.

 

Como decimos atrás, domina el punto clave de las comunicaciones del alto Linares, está sin duda en el centro geoestratégico comarcal; localizado en la margen derecha del río no es casual que en la suave loma situada en la otra margen se emplazase la capital que centralizó el poder en época celtibérica y romana, Los Casares, y a poco más de un kilómetro la villa medieval y moderna. Se accede desde San Pedro Manrique tomando la carretera que se dirige al vecino valle del Alhama, apareciendo su imponente dominio a la izquierda de la carretera poco después de atravesar el Linares por el puente tradicional que lleva a Magaña y el Alhama.


La iglesia tiene planta basilical de 3 naves, la central con el doble de anchura que las laterales. En la cabecera esta nave central remata en ábside semicircular, la nave norte tiene el testero plano y la meridional da acceso a la torre cuadrangular. El conjunto tiene unas dimensiones totales de 32'00 x 14'90 m con la puerta principal centrada en la fachada sur.


La cubierta se ha perdido salvo su conservación parcial en sus cabeceras orientales. Las tres naves tuvieron bóveda de cañón, con la nordeste ligeramente apuntada y en el ábside de medio cañón rematada en bóveda de horno. La fábrica del conjunto de estructuras es de piedra con buenos sillares en las esquinas (sillarejo), y potentes muros exteriores de entre 1 y 1'40 m de anchura e internos de 0'80 y 0'90 m. El peso de la cubierta se contrarrestó con contrafuertes laterales como los dos conservados en la pared norte más pilastras y arcos fajones soportando la bóveda, tres en cada nave. El ábside tuvo dos vanos abocinados ricamente decorados en su exterior, sillares labrados por desgracia expoliados como los del pórtico del acceso principal. También por el exterior el ábside contó con un zócalo decorado, una moldura con bocel y filete. El interior estuvo estucado y encalado, enlucidos decorados con pintura mural roja, azul y negra apreciándose geométricos, algún medallón y un jinete.


La torre-campanario tiene planta cuadrangular de 5'40 x 4'20 m y conserva más de 12 m de altura. Contó con dos pisos separados por impostas de chaflán, el superior con vanos de arco de medio punto dovelado, el inferior con arcos apuntados. La datación del conjunto de edificios se sitúa en época plenomedieval, con su momento original en el siglo XII, probablemente avanzado.


Además de dar nombre a la propia villa, la vieja Comunidad de Villa y Tierra de San Pedro Manrique tuvo al apóstol como co-patrono junto a la Virgen de la Peña. No es extraño por tanto que en las fiestas locales salga siempre acompañando en procesión a la Virgen en los recorridos que ésta hace entre las ermitas del Humilladero y la Virgen de la Peña. Parece que originalmente la capilla del santo estuvo en lo alto de San Pedro el Viejo. Además de la talla que sale sobre andas en las procesiones, la parroquia local conserva otra imagen de San Pedro, más antigua y también sedente, que tal vez antaño ocupó esta capilla.

Cuenta Blasco en su Nomenclátor de hace ya más de un siglo que aún se conservaba en regular estado un torreón cuadrado con una iglesia y restos del monasterio que la tradición decía templario, aunque como tal sobrevivió pocos años: construido para 40 monjes de la orden, tenía las celdas del convento inmediatas a su sector oriental, unas celdas que aún se veían en tiempos de la relación de Tomás López a finales del siglo XVIII. Parece que es pocos años antes de esta relación cuando se demuele la hacienda y está en ruina lo que ya es definido como ermita. En base a lo escrito por Tomás López, Carlos Álvarez defendió hace dos décadas el origen templario del monasterio, en cambio Gonzalo Martínez por las mismas fechas lo pone en entredicho, visión esta última que tiene más predicamento en la investigación actual.


Una parte de la riqueza patrimonial de San Pedro el Viejo se ha perdido o está expoliada. Los sillares de sus esquineras y, sobre todo, los tallados en torno al sector exterior de los vanos del ábside y del acceso han desaparecido; los de la portada románica parece que se localizan en Nueva York. De las bóvedas de cañón de las naves quedan sólo los riñones y vestigios de la imposta achaflanada. Respecto a la pintura mural hay referencias también a un monje que blande su lanza en posición de atacar a una fiera, imagen de la que no hemos localizado vestigios. En un trabajo reciente, la Enciclopedia del Románico en Castilla y León. Soria, se ha calificado a los restos pintados de tardogóticos o renacentistas.

Quienes subscribimos este texto conocemos meridianamente bien la problemática que rodea a este bien patrimonial. Nos consta la concienciación de la opinión pública local, así como la buena voluntad y los esfuerzos realizados por los intelectuales y los poderes públicos sampedranos desde hace al menos dos décadas ante la situación un poco estancada de San Pedro el Viejo. Aunque su conservación no genera alarma, sí que hay cierta unanimidad al pensar en que el lugar no se merece el desangelamiento en que se encuentra. En esta situación no hay que buscar (ni hay) culpables, es una situación sobrevenida en la que con buena voluntad y, sobre todo, con altura de miras el Castillo de San Pedro el Viejo acabará ocupando el lugar que entendemos le corresponde, uno de los referentes patrimoniales de la vieja comunidad de villa y tierra sampedrana, de las Tierras Altas de Soria en general, y en particular de la villa, San Pedro Manrique.


 Idoubeda oros 2017 etnografía: Maricruz GC, Eduardo AP.
Para esta entrada: Eva GV (dibujos autocad), Eduardo (texto e imágenes)

© idoubeda 2017


sábado, 11 de febrero de 2017

LA VIRGEN DEL MONTE (SARNAGO)

 

Desde que Avelino Hernández mitificase los despoblados de las barranqueras del Linares en su afortunada colaboración sobre los ríos de Soria, el occidente de Alcarama mantiene ese halo de leyenda en la que inciden las construcciones religiosas que nos ocupan, como la ya vista de San Fructuoso de Taniñe, la Virgen del Monte de Sarnago que ahora presentamos y alguna más que iremos dejando caer en el futuro. El tiempo y sobre todo las rutas senderistas han facilitado el acceso a los despoblados de muchos aficionados a andar caminos. Aún así estos bosques siguen escondiendo gratificantes misterios para el aventurero, lugares imposibles de localizar si no se tienen buenas referencias; las ruinas de este viejo templo y sus edificios anejos son un ejemplo, reliquias del pasado escondidas bajo la solapa verde que es la espesura de Alcarama.


El camino tradicional que desde el pueblo llevaba a la ermita se ha perdido, arrasado en los dos tercios más próximos a ésta por la repoblación de pinos. Desde Sarnago hay que tomar el camino que sale del cementerio dirección norte; lo dejaremos a 1'5 km, en la curva que salva el primer arroyo que baja del este. Remontando este arroyo enseguida nos encontraremos con el comienzo de dos cortafuegos; ascenderemos por el más septentrional. Aparecerán las ruinas a media ladera, en un entorno siempre agreste, hoy envuelto en la inmensidad de coníferas que es Alcarama.


El conjunto de ruinas que se sostienen se ordena en torno a lo que parece ser la vivienda que centró la vida del lugar en sus últimos tiempos. Tiene ésta la distribución habitual de las casas serranas: planta baja que incluía cuadras, primera planta con cocina y habitaciones, y somero. A espaldas de la casa corrales y tenadas sugieren la presencia de ganado, e inmediata por el norte la ermita, que en estos tiempos finales habría perdido su función religiosa y parece reutilizarse como un encerradero más: se ha dividido en tres espacios, parece que cuadras, precedidos a la entrada por dos corrales, y se ha levantado el alzado de las pareces norte, este y oeste, las últimas con caída progresiva hasta conectar con la sur, lo que dejó el edificio con cubierta a un agua. De estos tiempos recientes debe ser la historia que dice que el lugar era propiedad de una mujer de la familia de los Hidalgo. Su marido, aficionado al juego (las cartas según cuentan en Sarnago), apostó primero la casa, que perdió, y después a su mujer, que también. Su cuñado, un Hidalgo, tuvo que negociar con el ganador para recuperar tanto la casa como a su hermana.

La vieja ermita está en ruina, ha perdido la cubierta última aunque conserva buena parte del alzado de sus muros, especialmente el sector oriental, la cabecera absidiada. Aquí se aprecian dos tipos de fábrica correspondientes a sendos momentos constructivos, uno inferior en el que se alzan los muros trabados con mortero de cal y que alcanza hasta los canecillos que remataron el muro vertical del ábside; sobre él el segundo tipo, de piedra trabada en seco. Éste se corresponde con el alzado citado para habilitar la última cubierta a una sola agua y que asociamos con la reconversión del interior en encerraderos. Por el exterior se reforzó el ábside con cuatro potentes muros, a modo de contrafuertes, alzados con piedra trabada con mortero de cal. Debido a su anchura, especialmente la del soporte de la cabecera, podría pensarse en un testero plano al exterior, y por tanto un elemento arcaizante dentro de una cronología medieval, sin embargo más bien parece la reafirmación de este sector de la estructura que no se debió ver muy seguro y que en un momento indeterminado se consolida junto con todo el ábside.

Descartados los elementos aparentemente ajenos a lo que fue la estructura sagrada, quedan los restos del antiguo templo de la Virgen del Monte. Tiene la ermita planta rectangular de 23'30 x 8'50 metros con cabecera en el este y acceso por el sur. El ábside es semicircular con toscos canecillos de piedra; tuvo la cubierta de teja apoyada al interior sobre bóveda de horno en su mitad oriental. La mitad occidental parece independiente y, a falta de otros indicios, debió cubrirse con tejado a dos aguas soportado al interior por vigas de madera. En el interior oeste se aprecia a media altura el repunte de una viga de madera que atravesaría todo su ancho, seguramente soporte del coro. En la pared sur hay dos accesos, el más oriental conserva una jamba de pequeños sillares que no sabemos si soportaron un acceso adintelado o un arco dovelado; en cualquier caso este último estaría más en consonancia con el ábside medieval. Sí es evidente el arco de medio punto en la entrada más occidental, originariamente de 2'10 metros de ancho y casi 3 de altura. Este acceso se remozó en época moderna, cuando se convirtió el edifico en cobertizo anejo, colocando una travesera de madera en la base del arco y rellenando su interior salvo el punto donde estaba la clave, que se dejó como pequeño ventanuco; el ancho del acceso también se redujo con piedra a ambos lados de las viejas jambas hasta dejar convertido el rural pórtico medieval en una sencilla puerta rectangular.


Los muros son todos de mampostería, que en el repunte conservado de la bóveda mantiene restos de un revoque enlucido con cal, revoque que también embelleció al menos las paredes del presbiterio. En el interior quedan los restos de un par de pilastras no relacionadas entre sí, una próxima al tercio este en la pared norte, quizás separación entre presbiterio y oratorio, otra en el tercio oeste de la pared sur, que pudo servir de fijación para algún elemento del coro. En la pared norte del coro hay una oquedad cúbica de medio metro de lado, a modo de hornacina.

Reutilizados en la vivienda, los edificios anejos y en la propia ermita se han localizado abundantes sillares de toba. Este dato apunta a que el templo medieval descrito pudo asentarse o sustituir a otro más antiguo. En definitiva, tres son los momentos que se aprecian en el complejo de estructuras de la Virgen del Monte. El más antiguo, alto o pleno medieval, intuido en los sillares de toba reutilizados. El segundo, también medieval, el templo descrito, con al menos tres cuerpos correspondientes a otros tantos momentos constructivos: un cuerpo inicial (ábside y presbiterio), otro de ampliación (oratorio y coro) y otro de consolidación (refuerzo exterior del ábside). El tercero y último moderno, originado hace tres o cuatro siglos, en el que se edifica la vivienda actual y con el correr de los años la ermita entra en desuso como edificio religioso y acaba convirtiéndose en un edificio anejo más de la casa.


Aún se recuerda en Sarnago que antaño se iba en romería el día de la Trinidad chiquita (lunes siguiente al domingo de la Trinidad) haciéndose un descanso a mitad del camino donde actualmente se conserva una estructura preparada para un campanil. Una vez abandonada la ermita y desaparecido el camino por la repoblación de coníferas, la romería con la Virgen finalizaba en este punto.

Esta entrada es versión renovada y corta del artículo La Virgen del Monte: rastros y leyenda, publicada en el nº 6 de la revista Sarnago. https://idubeda.wordpress.com/2013/09/03/la-virgen-del-monte/


Idoubeda oros 2017 etnografía: Maricruz GC, Eduardo AP.
Para esta entrada: Eduardo (texto e imágenes)

© idoubeda 2017

domingo, 15 de enero de 2017

LA ERMITA DE SAN FRUCTUOSO (TANIÑE)

 

Las laderas orientales del alto de El Ayedo acogen en su sector alto una ermita-santuario que da nombre a un largo barranco de la margen izquierda del Linares, el de San Fructuoso. Ubicada como decimos en su parte alta, a más de 1.400 m de altura absoluta, el circo superior protege a la ermita de las inclemencias norte y oeste. Sus restos se esconden en el interior del gran bosque de coníferas repobladas que es hoy todo el sector de barranqueras al norte de la cubeta de San Pedro. Entre los pinos sólo se atisba su localización desde la lejanía por la presencia de algunos robles, recuerdo de la masa forestal dominante en el pasado que imaginamos también complementada con amplios espacios de pastos estivales.


Se trata de un santuario solitario que evoca una larga tradición sagrada vinculada a la naturaleza abrupta y escondida de la que forma parte. El pueblo más cercano, Buimanco, está a unos 4 km, y Taniñe, a cuyo parcelario pertenece dista 5 km. Para acceder es necesario recorrer unos cuantos kilómetros por pistas forestales. Se deja el asfalto en Taniñe, donde hay que tomar la pista que sale dirección norte hacia Buimanco. Recorridos unos 3 km, salvado el lecho del barranco de Valdeavellano y ascendida toda su margen izquierda, tomaremos la pista que se desvía hacia poniente, hacia el alto de El Ayedo. Recorridos 2 km más tomaremos otra que sale dirección norte. A 2 km, inmediatas por la derecha a la pista, devoradas por arbustos, zarzas y maleza, se localizan las ruinas de lo que queda de ermita y lo que pudo ser la casa del santero.


Dos son las estructuras visibles ordenadas entre ellas dibujando un codo. Una es cuadrada, tiene cabecera en el este y acceso por el oeste. la otra es rectangular y con la orientación contraria, es decir, lado largo norte-sur con entrada por el oeste. Esta estructura rectangular de 15,50 x 7,60 m conserva un máximo de 3 m de altura en sus muros de piedra, aparentemente trabada en seco o con barro, y ha perdido íntegramente la cubierta, que fue de teja.


La estructura nordeste es cuadrada con unos 7 m de lado y tiene un amplio acceso por el oeste de más de 2 m de ancho. Estuvo levantada en piedra trabada con mortero de cal y su interior se enlució con un revoque de barro. Sus muros conservan un máximo de 2 m de alzado y también ha perdido la cubierta, de teja por los fragmentos que ruedan dispersos en el entorno.

Por las características de los restos que quedan no se puede asegurar cuál de las dos estructuras se corresponde con la ermita en sí y cuál pudo ser la vivienda anexa. Sin embargo sí que hay indicios para aventurar la hipótesis de que la ermita se corresponde con la estructura nordeste. Por un lado las dimensiones y la forma de esta estructura, pequeñas para ser de vivienda y cuadrada con orientación este, lo que encaja con la de otras capillas de ermitas comarcales. Por otro el acceso, muy grande para lo que es el espacio interior. En el oeste, protegiendo la puerta, se proyectan los muros norte y sur, por lo que parece probable que contase con porche de acceso. Además, en la presunta cabecera hay un poderoso derrumbe al interior, mayor que en los otros tres lados, lo que apunta a que bajo ese derrumbe puede esconderse el altar.

Respecto a la estructura sudoeste llama la atención su relación con el arroyo de San Fructuoso, que nace muy próximo por el sudoeste para desaparecer unos metros antes de esta estructura y reaparecer por debajo de los derrumbes del lado sur; parece evidente que se encauzó por debajo del edificio (o mejor, el edificio se superpuso al arroyo canalizado al efecto). En esta salida a modo de manantial que sale del edificio es donde más fragmentos cerámicos se han visto, lo que apunta a que debió usarse como fuente, si es que no lo fue.


G. Martínez, en su trabajo sobre las comunidades de villa y tierra castellana, indica que en el entorno de la ermita existió un despoblado denominado Sanchonoble. Por su parte Gervasio Manrique apunta que se hacía una romería en el mes de abril que salía a las 7 de la mañana de la parroquia de San Miguel de San Pedro Manrique en la que participaban las cuatro parroquias de la villa con sus insignias. La romería culminaba con una comida en la ermita costeada por el cabildo. La celebración de la romería en abril remite a San Fructuoso de Braga, noble godo berciano muerto en la segunda mitad del siglo VII un 16 de abril, su festividad, que fue obispo de Braga y también fundador de una regla para el retiro eremita en la que el cuidado del ganado tenía un papel sustancial. Retiro espiritual y austeridad con la vida pastoril como referencia evocan a un lugar sagrado que se quiso muy apartado y al que hay que presumir un origen muy remoto, tanto como el de la vigencia de la propia regla monástica de San Fructuoso.


Idoubeda oros 2017 etnografía: Maricruz GC, Eduardo AP.
Para esta entrada: Eva GV (dibujos autocad), Eduardo (texto y fotos)

© idoubeda 2017