Hace once años que describíamos y escribíamos, un tanto pesimistas, nuestras impresiones sobre el entonces presente y el futuro de la ermita de El Cristo de Valdecantos. Aunque ya estaba en un estado próximo a la ruina, aún se podía apreciar íntegra su estructura y buena parte de los elementos básicos que la conformaban: un pequeño edificio ordenado en capilla y porche de acceso con cubierta a cuatro aguas y doble puerta gemela para la capilla que tenía en el norte el altar coronado por una hornacina.
Para triste consuelo de los que hemos seguido su estado, la ermita se ha ido manteniendo en pie año tras año gracias a los refuerzos que se iban colocando para que no se viniesen abajo elementos básicos de su estructura como el gran vano que daba acceso al porche, coronado por un precioso arco rebajado. Desde este otoño, por iniciativa del Ayuntamiento de Santa Cruz y con la buena mano de Jordi, se comenzó su restauración. Con el principio de la primavera la obra se ha dado por concluida. Ahora sí, podemos decir que El Cristo de Valdecantos luce su viejo brillo de refugio religioso a la entrada del pueblo, un clásico humilladero de nuestra arquitectura tradicional que no se ha perdido en el olvido de las cosas que la velocidad de los tiempos deja aparcadas en el arcén de lo inútil.
Y sí, la obra ha respetado la esencia y el ambiente evocador de los siglos de plenitud que vivió la vieja construcción tradicional... el porche abierto con sendos poyos de asiento laterales para descanso de los transeúntes, el acceso a la capilla con doble puerta geminada, y la cabecera con altar coronado por una hornacina. Sólo echamos en falta la complicada recreación del singular arco rebajado del porche, caso único en los humilladeros contemporáneos (siglos XVII-XVIII), que ha sido sustituido por el más convencional arco de medio punto que, en cualquier caso, en nada desmerece a la obra original.