domingo, 30 de enero de 2011

LA IGLESIA DE SAN JUAN BAUTISTA, MONTAVES


Nadie que conozca el mundo rural castellano, especialmente el serrano que está sufriendo de forma aguda el castigo de la despoblación, se sorprenderá ante la tristeza que supone ver cómo una parte de nuestro patrimonio religioso se descompone. No suelen ser construcciones llamativas ni con un valor artístico reconocido, pero sí son los edificios más cercanos a la gente, las iglesias y ermitas de los pueblos. Nos consta que desde las instituciones se hace lo que se puede, y se llega más allá de donde los dineros alcanzan con el añadido esfuerzo de nuestros curas y las parroquias, la ayuda anual de la Mancomunidad de Tierras Altas y, sobre todo, el empuje de los vecinos e hijos del pueblo; es su voluntarismo el que conserva y mejora lo que construyeron en su día nuestros ancestros y hemos heredado hoy.


Salvo en algún caso de despoblación total, unas veces por devoción y otras por cariño al pueblo, lo cierto es que rara es la aldea que no ha hecho algún arreglo en su iglesia o, en su defecto, ha habilitado algún otro espacio o ermita para sus fiestas y oficios. Es el caso de Montaves, aldea serrana de la vertiente septentrional de Lutero y Cayo, que ante la inviabilidad de recuperar su ruinosa iglesia, ha optado por derruirla y habilitar una pequeña ermita en el pueblo. Hay que valorar especialmente el trabajo de Román, Fernando y los curas, que han salvado los principales elementos muebles y la imaginería, además de haber logrado su adecuada restauración.

Tuvo la iglesia de Montaves planta rectangular con orientación norte-sur. Tenía la cabecera en el norte y en el sur la espadaña con el coro en la parte baja. El acceso estuvo en el este, una puerta de madera de corte tradicional pintada de color ocre y vestida con remaches de hierro; el vano que la enmarcaba estuvo coronado por un arco de medio punto, dovelado. Tuvo dos pequeños puntos de luz, uno en la fachada este, una abertura ovalada de proyección vertical y abocinada al interior. Otro en el sur, bajo la espadaña, en este caso cuadrada y también abocinada. Sobre cada una de ellas sendas inscripciones que recuerdan y datan obras o reformas realizadas, una del XVIII (descripción detallada en idoubeda mater," mecenazgo religioso y devoción: nuevo reflejo en Montaves") y otra en el XIX (idoubeda mater,"La iglesia de Montaves: inscripciones").




La espadaña contó con dos aberturas para las campanas, la mayor conservó la suya hasta su reciente demolición, la pequeña hace tiempo que llama a oficios habilitada en el nuevo espacio preparado para ello en el pueblo. Hace unos años se demolieron el pórtico y la sacristía, ambas estructuras anejas a la pared este. En su mitad sur estaba el porche porticado protegiendo la puerta, en la mitad norte la sacristía, a la que se accedía por el interior, desde el presbiterio. Esta primera demolición parcial vino justificada en su momento por cuestiones urbanísticas, la intención de ampliar el espacio situado delante de la iglesia, cuando ésta ya estaba en desuso.

La cubierta, teja apoyada en un entramado de madera, estaba reafirmada desde la base por cuatro pilastras laterales, dos al este y dos al oeste, que fijaban sendos arcos fajones de piedra. El orden interior se estructuraba en tres espacios, el presbiterio con el altar en el norte, la zona central de fieles y el coro en el sur. Todo el interior estaba recubierto de estuco y encalado, con las pilastras y arcos pintados de azul, así como una franja base a modo de zócalo.

El presbiterio tenía el altar centrado en el norte, sobre él el retablo con la imagen de San Juan Bautista. En los laterales oeste y este dos hornacinas. Cuenta Román que en la de poniente, recubierta con una tela blanca de pliegues numerosos y ordenados, hubo los últimos años una Virgen traída hace no mucho, pero recuerda antes una talla más antigua de la Virgen. Un altar conservado en el coro con las iniciales de María pudo estar bajo esta hornacina. En la hornacina este un retablo más modesto acogería a otra figura, tal vez el Cristo de la iglesia, aunque Román no recuerda que ese fuese su lugar. En el sector de fieles un púlpito para sermones adosado al este al que se accedía tras seis escalones.



El coro estaba realizado íntegramente en madera. Se accedía por una escalera adosada a la pared oeste; el piso superior estaba limitado al norte, cara al altar, por una barandilla pintada de color marrón y azul, como el enrejado de madera que cerraba el espacio bajo el coro; los tonos son muy similares a los utilizados en pintar las maderas de la ermita de Valdeayuso (Vizmanos). El gusto por este tipo de pintura ha sido datado en el siglo XIX. Bajo el coro seguro que estuvo colocada en su día la pila bautismal, enorme bloque pétreo tallado y decorado con una sucesión de arcos de medio punto. Ha sido incluida entre las pilas bautismales del románico soriano, lo que apunta a unos orígenes de la iglesia más antiguos de lo que la estructura conocida certifica, el siglo XVIII, tal vez el año que aparece tallado en la pilita de agua benditera: 1754.

Idoubeda oros 2011 etnografía: Nuria MM., Manuel CD., Eduardo AP.
Para esta entrada: Román García (documentación), Nuria (dibujos autoCAD), Eduardo (texto y fotos)
Copyright idoubeda 2011

domingo, 23 de enero de 2011

ERMITAS EN MONTE REAL Y LA VILLA: SAN CABRÁS (LERÍA)


Hace ya un siglo que M. Blasco en su Nomenclátor menciona la localización en las proximidades de San Cabrás de un número indeterminado de monedas celtibéricas y romanas. Parece que las monedas estaban en diversas oquedades de la roca, huecos que salen a la luz durante las obras del trazado de la carretera de Enciso a Yanguas realizadas un par de décadas antes.


Blas Taracena, en su carta arqueológica de Soria, se hace eco de esta noticia, desde entonces el nombre de San Cabrás y Lería son referencia obligada en los trabajos sobre santuarios antiguos, una asociación que adquiere mayor credibilidad cuando se descubren las características del lugar, un rincón de las profundidades serranas donde se juntan elementos singulares de la naturaleza (manantial, cascadas, cortado rocoso donde anidan hoy los ayer sagrados vultúridos...) con una inaccesibilidad que evoca el misterio de lo escondido y oculto.

Se localiza la ermita próxima al lecho del Cidacos, aguas abajo de Yanguas, dominando el punto donde una de sus vaguadas de la margen izquierda, la de San Caprasio, vierte sus aguas al Cidacos. Como puede verse el santo da nombre al barranco, con un arroyo de curso corto, no más de 3 kilómetros desde su nacimiento en torno al pueblo de La Vega, pero largo en la belleza y sorpresas de su recorrido con continuos saltos, cascadas y fuentes. La ermita se eleva más de medio centenar de metros sobre el Cidacos, en el borde de un diminuto rellano y asomada a una caída rocosa modelada en numerosos escalones por los que salta el agua del torrente. Arriba, junto a la ermita, algunos aterrazamientos artificiales ordenan un mínimo de terreno para su aprovechamiento como huerta o pastos; seguramente fueron del santero, cuando lo tuvo. Abajo, inmediato a la poza formada por el último salto de agua, un manantial adecuado como fuente al que gustan acudir a por agua muchos hijos de la tierra.


Las ruinas del edificio que ha sobrevivido al tiempo no dan la impresión de lugar sagrado, más bien parecen las de un corral abandonado. Un edificio de planta rectangular estructurado en tres habitaciones o espacios, con una entrada por el sur. Seguramente este orden es fruto de la última ocupación, en la cual la ermita había dejado de serlo o, ¡quién sabe!, un edificio anejo a la ermita que sobrevive como corral siendo los de la ermita alguno de los derrumbes de piedra que hay en el entorno; uno muy aparente por tamaño está inmediato por el norte a esta estructura. Es evidente que las ruinas, tal y como nos han llegado, no tienen muchos siglos de antigüedad; indicios de ello es la escasa consistencia de algunos de los muros o el uso de abundantes fragmentos de teja como ripio.

En cualquier caso ciertos detalles de las ruinas apuntan a que sí son o, al menos, tienen que ver con la ermita: su casi perfecta orientación este-oeste, la transición semicircular entre las paredes norte y este que evoca una cabecera absidiada, algunos sillares de piedra toba reutilizados en la fábrica de las paredes... a lo que hay que sumar los análisis cerámicos: entre fragmentos vidriados y otros modernos hemos atestiguado alguno de aspecto medieval y un fragmento de cerámica pintada romana de tradición indígena, lo que nos sirve para enlazar con el principio, las monedas atestiguadas por Blasco.

Queda mencionar la imagen de San Caprasio que según nos dijeron en Yanguas estuvo hace muchos años en el actual albergue, su antiguo hospital; era una imagen grande, sucia y fea, deteriorada, que estaba metida dentro de una urna y que, como nos decían Felipe y Vidal, les asustaba un poco cuando eran niños. Dice la tradición que este tan poco atractivo San Caprasio que recuerdan en Yanguas sedujo de joven a una bella pastora y que por ello fue condenado a vagar por el mundo hasta encontrar un lugar que igualase en belleza al que utilizó para engañar a la pastora. Una vez encontrado, allí se quedó con su soledad este eremita, una leyenda hermosa, a la altura de lo espectacular del paraje, lo que hace pensar que quizás, en ella, haya algo de verdad.

Idoubeda oros 2011 etnografía: Nuria MM., Cristina AP., Manuel CD., Eduardo AP.
Para esta entrada: Cristina (dibujos autoCAD), Manuel (análisis ceránicos), Eduardo (texto y fotos)

copyright idoubeda 2011

sábado, 15 de enero de 2011

ERMITAS EN MONTE REAL Y LA VILLA: LA SOLEDAD DE LA VEGA



Dos ermitas faltan para completar el inventario de la cuenca del Cidacos, ambas en el tortuoso recorrido que hace el río una vez pasada la Villa, las barranqueras que anuncian la entrada a La Rioja. Se sitúan las dos en un mismo barranco de su margen izquierda, el de San Cabrás o San Caprasio, torrente con nombre de cierto pedigrí arqueológico y también advocación de una de las ermitas, la situada sobre el punto donde suma sus aguas al Cidacos.

Tratamos aquí la otra, próxima al pueblo de La Vega, donde nace el torrente. Es La Vega despoblado desde los años setenta aunque siempre ha mantenido algunas casas abiertas en el periodo estival, viviendas habitables y cada vez más restauradas que van aumentando con los años gracias al empuje de los hijos del lugar. Para acceder a la ermita, una nueva Soledad, hay que tomar el viejo camino hacia la Villa. Como es normativo en todas las soledades comarcales se encuentra próxima al pueblo, junto a un camino tradicional, en este caso a unos 300m por el que conduce a Yanguas.

Su distribución es la normativa en las ermitas comarcales del XVII-XVIII, planta rectangular con capilla más o menos cuadrada precedida de un pequeño porche de acceso con sendos poyos de asiento laterales. La mayor particularidad de esta soledad es su pequeño tamaño, lo que condiciona que su cubierta sea a dos aguas y que entre porche y capilla el tránsito se haga mediante una única puerta. La cabecera está en el noroeste y la entrada en el sudeste, de cara a los transeúntes que desde Yanguas llegan a La Vega. En la cabecera un altar coronado por la hornacina que cobija a la Virgen. El suelo está empedrado con cantos de río muy menudos.


Es La Soledad de La Vega una modestísima ermita que los hijos del lugar han convertido en un punto de encuentro religioso y social, especialmente el día de la festividad local. Ante la ruina de su iglesia con la consiguiente "huida" de su patrono San Andrés y otros santos a la iglesia del pueblo de al lado optaron por mantener adecentada su pequeña ermita, símbolo del cariño que sienten por su origen. El resultado es una diminuta pero coqueta construcción, totalmente encalada tanto al exterior como al interior, con un acceso al porche enrejado y embellecido con flores siempre frescas, un ejemplo de cuidado y empeño en mantener viva una aldea de las profundidades montañosas del Sistema Ibérico a la que aún no ha llegado el asfalto; quizás por ello parece seguir dormida en un tiempo que no es éste.


Idoubeda oros 2011 etnografía: Nuria MM., Cristina AP., Manuel CD., Eduardo AP.
Para esta entrada: Cristina (dibujos autoCAD), Eduardo (texto y fotos)

copyright idoubeda 2011

sábado, 8 de enero de 2011

ERMITAS EN MONTE REAL Y LA VILLA: SAN BLAS (YANGUAS)


Hace unos meses nos contaba Felipe Palacios que una de las cofradías que había en la Yanguas moderna era la de San Blas y una imagen de este santo se conserva en la parroquia. A pesar de que no hay memoria en la Villa de una ermita a este santo sí que don Luis Camporredondo menciona hace casi ochenta años su posible existencia.

Para llegar a sus ruinas hay que tomar el camino tradicional que por la Villa Vieja sube a la torre de San Miguel, pasamos la torre y rodeamos una especie de circo entre dos peñas. Una vez rodeado tomamos una vereda que se dirige al peñasco más septentrional, llamado precisamente San Blas. En lo alto, entre dos crestones rocosos están los restos de la ermita.

Tuvo planta rectangular con perfecta orientación este-oeste, parece que con cabecera en el este y acceso por el sur. El entorno se adecuó para que tuviese una plataforma horizontal donde asentar la ermita, incluso se trabajó la roca en la base del crestón meridional para conseguir una franja horizontal. Parece que tuvo inmediato un pequeño cementerio. Por los restos su cronología resulta imprecisable, aunque los muros trabados con mortero de cal y el uso de abundante piedra toba apunta a que trasciende por antigua la época moderna. Resulta interesante ver dispersos algunos pequeños sillares de este material, así como mucho polvo y fragmentos desmenuzados; estos restos apuntan a que quizás se serró allí mismo este tipo de piedra tan porosa.

Sin ser determinante, la probable antigüedad viene avalada por los fragmentos cerámicos dispersos por el cerro: unos pocos y muy rodados de cerámica de mesa romano-tardía (TSHt), cerámica de tradición indígena, cerámicas a torneta y otras de cronología medieval..., no faltando los barros de tiempos modernos y contemporáneos. En definitiva materiales que describen el largo recorrido temporal de esta peña que junto con su gemela de Los Pesebres controló la ruta natural del Cidacos, origen de La Villa y de la leyenda de su escudo: Yanguas, puertas de val de Arnedo.

Un valor añadido tiene el lugar y su entorno: entre los estratos inclinados, rocas peladas manchadas con el color ocre del óxido, afloran abundantes cubos de piritas, los llamados cantalobos, potencial riqueza minera que adquiere cierta credibilidad por los frecuentes fragmentos de escoria que ruedan por las laderas occidentales. Entre los presuntos lugares de extracción algún derrumbe con cerámicas, principalmente medievales.


Cuadra la antigüedad de los restos con la de la advocación, San Blas de Sebaste, al que se atribuye la condición de médico y obispo. Fue eremita y mártir en la última persecución romana contra los cristianos. Cuentan que Agrícola, gobernador de Capadocia, intentó que renegase de su fe motivo por el cual fue decapitado. Entre los milagros que se le atribuyen está una cura de la garganta de un niño al que se le había atragantado una espina; por ello que acude a él para la curación de afecciones de garganta y el día de su festividad, 3 de febrero, es costumbre en algunos lugares bendecir las gargantas de los fieles.

Idoubeda oros 2011: Nuria MM., Cristina AP., Manuel CD., Enrique BC., Eduardo AP.
Para esta entrada: Manuel CD. (análisis cerámicos), Eduardo (texto y fotos)
Copyright idoubeda 2011

sábado, 1 de enero de 2011

ERMITAS EN MONTE REAL Y LA VILLA: EL SANTO CRISTO DEL HUMILLADERO (YANGUAS)


Cuenta Manuel Toledo que allá por 1619 Alonso de Mizmanos en su testamento mandó construir una ermita junto al hospital de Yanguas para que por siempre jamás hasta el fin del mundo se dijera misa todos los domingos del año y las tres festividades de la cruz por el eterno descanso de su alma y el de su mujer Luisa de la Vega.

Esta ermita, llamada del Santo Cristo del Humilladero, está situada en la encrucijada de un camino tradicional, el de la ruta natural del Cidacos con el empalme que asciende hacia la iglesia de San Miguel y de ahí hacia el pueblo de La Vega. El entorno es hoy espacio suburbano de Yanguas aunque en el pasado se incluía dentro del recinto amurallado de la Villa Vieja, junto al antiguo hospital hoy habilitado como albergue.

Poco es lo que queda de esta ermita de propiedad particular que tras desmantelarse en parte, fue utilizada como cobertizo de una huerta donde hoy reina un abandono sembrado de zarzas, arbustos y maleza. A pesar de ello se conserva parte del alzado de algunos muros perimetrales. Lo que se aprecia sobre el terreno son los restos de un edificio rectangular, con un vano cegado en la pared oeste y un acceso muy simple en el sur.


Aún así, todavía hay quien recuerda algunos detalles del interior, como Vidal que comenta que estaba estructurada en capilla y porche, con cabecera en el norte, acceso a la capilla mediante dos puertas con arco de medio punto y al porche mediante vano único. Con esta descripción es evidente que su orden es el normativo de las ermitas de los siglos XVII-XVIII, la excepcionalidad está en que es en el lado largo en el que se sitúan cabecera y accesos. Recuerda también que en el este había una puerta que daba a un cementerio particular, propiedad de los dueños de la ermita. Sobre el tejado había un campanil en una pequeña estructura de piedra a modo de diminuta espadaña.

Hay en el pueblo quién se refiere a la ermita como la Virgen del Humilladero, advocación mariana que viene justificada por la existencia de una imagen de la Virgen en su interior y que Vidal recuerda con un manto negro, quizás una Dolorosa nos dice. Quizás sea la imagen de La Soledad que menciona M. Toledo y que parece está ligada a la ermita desde su fundación pues la capilla tenía todos los ornamentos litúrgicos y una imagen de la Quinta Angustia y de la Soledad. Nada queda hoy, solo unos muros cerrando una huerta y dispersos por el entorno algunos fragmentos cerámicos; entre ellos un fragmento a torneta, gris, con rayas incisas horizontales evocador del momento más antiguo en la vida de la Villa Vieja, la Alta Edad Media.


Idoubeda oros 2011 etnografía: Nuria MM., Cristina AP., Manuel CD., Eduardo AP.
Para esta entrada: Vidal (documentación y foto antigua), Manuel (análisis cerámico), Eduardo (Texto y fotos)

copyright idoubeda 2011