Hace ya un siglo que M. Blasco en su Nomenclátor menciona la localización en las proximidades de San Cabrás de un número indeterminado de monedas celtibéricas y romanas. Parece que las monedas estaban en diversas oquedades de la roca, huecos que salen a la luz durante las obras del trazado de la carretera de Enciso a Yanguas realizadas un par de décadas antes.

Blas Taracena, en su carta arqueológica de Soria, se hace eco de esta noticia, desde entonces el nombre de San Cabrás y Lería son referencia obligada en los trabajos sobre santuarios antiguos, una asociación que adquiere mayor credibilidad cuando se descubren las características del lugar, un rincón de las profundidades serranas donde se juntan elementos singulares de la naturaleza (manantial, cascadas, cortado rocoso donde anidan hoy los ayer sagrados vultúridos...) con una inaccesibilidad que evoca el misterio de lo escondido y oculto.
Se localiza la ermita próxima al lecho del Cidacos, aguas abajo de Yanguas, dominando el punto donde una de sus vaguadas de la margen izquierda, la de San Caprasio, vierte sus aguas al Cidacos. Como puede verse el santo da nombre al barranco, con un arroyo de curso corto, no más de 3 kilómetros desde su nacimiento en torno al pueblo de La Vega, pero largo en la belleza y sorpresas de su recorrido con continuos saltos, cascadas y fuentes. La ermita se eleva más de medio centenar de metros sobre el Cidacos, en el borde de un diminuto rellano y asomada a una
caída rocosa modelada en numerosos escalones por los que salta el agua del torrente. Arriba, junto a la ermita, algunos aterrazamientos artificiales ordenan un mínimo de terreno para su aprovechamiento como huerta o pastos; seguramente fueron del santero, cuando lo tuvo. Abajo, inmediato a la poza formada por el último salto de agua, un manantial adecuado como fuente al que gustan a
cudir a por agua muchos hijos de la tierra.Las ruinas del edificio que ha sobrevivido al tiempo no dan la impresión de lugar sagrado, más bien parecen las de un corral abandonado. Un edificio de planta rectangular estructurado en tres habitaciones o espacios, con una entrada por el sur. Seguramente este orden es fruto de la última ocupación, en la cual la ermita había dejado de serlo o, ¡quién sabe!, un edificio anejo a la ermita
que sobrevive como corral siendo los de la ermita alguno de los derrumbes de piedra que hay en el entorno; uno muy aparente por tamaño está inmediato por el norte a esta estructura. Es evidente que las ruinas, tal y como nos han llegado, no tienen muchos siglos de antigüedad; indicios de ello es la escasa consistencia de algunos de los muros o el uso de abundantes fragmentos de teja como ripio. En cualquier caso ciertos detalles de las ruinas apuntan a que sí son o, al menos, tienen que ver con la ermita: su casi perfecta orientación este-oeste, la transición semicircular entre las paredes norte y este que evoca una cabecera absidiada,
algunos sillares de piedra toba reutilizados en la fábrica de las paredes... a lo que hay que sumar los análisis cerámicos: entre fragmentos vidriados y otros modernos hemos atestiguado alguno de aspecto medieval y un fragmento de cerámica pintada romana de tradición indígena, lo que nos sirve para enlazar con el principio, las monedas atestiguadas por Blasco.
algunos sillares de piedra toba reutilizados en la fábrica de las paredes... a lo que hay que sumar los análisis cerámicos: entre fragmentos vidriados y otros modernos hemos atestiguado alguno de aspecto medieval y un fragmento de cerámica pintada romana de tradición indígena, lo que nos sirve para enlazar con el principio, las monedas atestiguadas por Blasco.Queda mencionar la imagen de San Caprasio que según nos dijeron en Yanguas estuvo hace muchos años en el actual albergue, su antiguo hospital; era una imagen grande, sucia y fea, deteriorada, que estaba metida dentro de una urna y que, como nos decían Felipe y Vidal, les asustaba un poco cuando eran niños. Dice la tradición que este tan poco atractivo San Caprasio que recuerdan en Yanguas sedujo de joven a una bella pastora y que por ello fue condenado a vagar por el mundo hasta encontrar un lugar que igualase en belleza al que utilizó para engañar a la pastora. Una vez encontrado, allí se quedó con su soledad este eremita, una leyenda hermosa, a la altura de lo espectacular del paraje, lo que hace pensar que quizás, en ella, haya algo de verdad.
Idoubeda oros 2011 etnografía: Nuria MM., Cristina AP., Manuel CD., Eduardo AP.Para esta entrada: Cristina (dibujos autoCAD), Manuel (análisis ceránicos), Eduardo (texto y fotos)
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