domingo, 25 de abril de 2010

ERMITAS EN LA CUBETA DE MAYA Y EL VILLAR: SANTA CECILIA



Santa Cecilia o Cecilia, sin santificar, que así llama coloquialmente el común de la comarca a esta aldea serrana, cuenta con una ermita homónima a unos 200m del pueblo. Los restos constructivos de la ermita en sí no pueden llevarse más allá del XVII, sin embargo los datos arqueológicos remontan la primera ocupación del entorno a los tiempos marcados por Roma. El topónimo y la cronología tardía de buena parte de las cerámicas hacen pensar que el lugar está en la raíz del pueblo actual, un hilo conductor histórico que quizás no se interrumpió a pesar de que las evidencias de poblamiento altomedieval sean muy endebles, casi inexistentes.

Como no podía ser de otra forma ermita y restos arqueológicos están sobre un camino tradicional, el que desde el centro de la cuenca del Cidacos (Villar del Río y la villa) comunica con la cabecera de su principal afluente, el Baos. El camino va sorteando barrancos atravesando los collados más aptos para la comunicación; en uno de ellos está el yacimiento de El Collarazo y la ermita, el primero en la margen derecha de la vaguada para que el núcleo principal de viviendas se aprovechase de la solana, la ermita en la izquierda, con algunos restos dispersos en los poco más de 100m que le separan del lecho.


La ermita tiene planta cuadrada de 6'55m de lado con orientación norte-sur. La cabecera está en el norte, donde se sitúa el altar y sobre él una hornacina empotrada en la pared. El acceso se hace mediante puerta única con arco rebajado en ladrillo tradicional. La cubierta, hoy hundida, fue a cuatro aguas y el vuelo del alero se hizo a base de la tradicional superposición de teja y ladrillo. El interior se enlució con estuco revocado de cal. Protegiendo el acceso sur se levantó un muro en forma de L de 3'75m de largo, que hace el papel de porche. A su amparo se adosó un poyo de asiento. En definitiva, la ermita de Santa Cecilia mantiene las constantes de la mayoría de las ermitas comarcales, una capilla cuadrada precedida de porche de acceso. Una particularidad es que el acceso se hace mediante puerta única y excepcional resulta el porche que se limita a un muro que protege de las inclemencias del noroeste.

Las características de la construcción remiten a que el edificio actual debe datarse en los siglos XVII-XVIII. De esa cronología y posterior son buena parte de los restos cerámicos localizados. Algunos fragmentos apuntan a una cronología medieval, datación que se complementa con la recolocación sobre el arco de entrada de una estela discoidal, contemporánea por tanto, aunque por desgracia hoy desaparecida. Abundantes son también los fragmentos de las llamadas cerámicas de tradición indígena, con cocción oxidante y pintura negra, de cronología muchas veces imprecisa aunque en el caso presente la inmediatez de un yacimiento de tiempos romanos, El Collarazo, remite a este momento como el más probable.


El Collarazo es un vicus o aldea romana que se extiende desde la ermita hasta el sector superior del otro lado de la vaguada, donde aparecen la mayoría de los restos. Se desarrolla como poblado en época imperial y parece mantener cierta vida durante la alta edad Media al haberse atestiguado algunos fragmentos de cerámica a torneta. Los materiales romanos son los habituales fragmentos de vajilla fina de mesa (terra sigillata), cerámica de cocina, de almacenaje, molinos etc. No faltan objetos de adorno como una cuenta de collar en pasta de vidrio. Una estela romana y una inscripción de cronología tardía localizadas en el pueblo nos dan los nombres de algunos de los habitantes más pudientes del vicus: Sempronio, Valeria, Aemilia Ursula, Saturnina, Materno... gentes serranas de hace más de 1500 años.

Enlazando con lo dicho al comenzar, parece vislumbrarse una evolución del poblamiento de esta aldea serrana en torno a esta santa y la ermita, de tal manera que ha dado nombre al pueblo. El núcleo ancestral del poblado, el vicus donde vivieron los mencionados Sempronio, Saturnina y demás estuvo centrado en la vertiente oriental de El Collarazo; quizás ya tenía su lugar sagrado en torno a la ermita, a poco más de 100m de lo anterior. Desaparecida la aldea romana, en tiempos medievales se asienta la gente en torno al pueblo actual, situado en la base de la vaguada oriental. No sabemos si existía ya la ermita, aunque las cerámicas de cronología medieval apuntan a que sí, o en su defecto al mantenimiento de un pequeño núcleo de población o barrio. Desde avanzada la época moderna, los vestigios del viejo vicus hacía siglos que estaban olvidados, el pueblo actual vivía el apogeo de la trashumancia de merinas y una ermita, la de Santa Cecilia, equidistante y unida por el mismo camino a ambos núcleos de población recordaba y recuerda el vínculo entre el viejo despoblado romano y la aldea actual, que lucha como la mayoría de pueblos serranos por no seguir de forma inmediata el mismo destino, la despoblación, situación que se da ya de hecho salvo en verano.


Idoubeda oros 2009 etnografía: María LP., Nuria MM., Cristina AP., Manuel CD., Enrique BC., Eduardo AP.
Para esta entrada: Nuria (dibujos AutoCAD), Manuel (análisis cerámico) Eduardo (texto y fotos)

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