¿Una ermita en Los Castellares? Pedro Ortega, octogenario vecino de San Andrés además de alcalde del pueblo durante años, nos comentó el vivo recuerdo que tenía de su abuelo y cómo le contó que hubo antiguamente una ermita en Los Castellares a la que era muy devota una señora del pueblo llamada Clara, que pertenecía a la familia de los Ridruejo. A esto se reduce toda la información que tenemos y según ella obvio es contestar que parece ser que sí, que existió esta ermita de Los Castellares... Nuevamente una ermita en San Andrés envuelta en las brumas de unos tiempos perdidos.
Como su propio nombre sugiere son Los Castellares de San Andrés las ruinas de un antiguo poblado encastillado, un viejo castro ya abandonado siglos antes de la aparición del propio cristianismo. Algunos de sus materiales como los fragmentos de cerámicas realizadas todavía a mano, remontan su origen al menos cinco o seis siglos antes de comenzar la era cristiana. La presencia también de cerámicas a torno realizadas en hornos en los que se dominaba la técnica de cocción oxidante prolonga la vida en el lugar varios siglos. La no presencia de molinos circulares y sí los más sencillos de vaivén hace improbable que alcance el siglo I a.C., quizás se abandona o destruye coincidiendo con las guerras celtibéricas del siglo II a.C.
En el interior del recinto algunos muros de cerrados
tradicionales, robles y arces, todo el
espacio interior está salpicado de arces notables, también matorrales y algún
pino de repoblación que no acaba de cuajar. El lugar es un pequeño espectáculo
de color en otoño: el rojo y pardo de
los arces, el gris verdoso de los muros y derrumbes de piedra enmohecida... un
pequeño rincón de los muchos que existen en nuestras Tierras Altas donde se
aúna en perfecta simbiosis el patrimonio
natural y el cultural.
¿Y de la ermita? Pues prácticamente nada. Sólo en el sector superior
occidental de lo que fue el bastión hay un atisbo de muros que en apariencia
nada tienen que ver con las estructuras de tiempos celtibéricos ni forman parte
de los largos alineamientos que son los cerrados para el ganado: se trata de la base de dos muros, uno en
sentido norte-sur del que se ven unos 5 m y otro este-oeste de unos 2 m. Nada
concluyente, ni mucho menos.
En cualquier caso sí conviene decir que es frecuente la asociación entre castros y ermitas. En ocasiones la presencia de una ermita en un poblado castreño deriva de la pervivencia o reocupación del lugar en época romana y medieval; despoblado el lugar las gentes del entorno habrían mantenido vivo el lugar sagrado, su iglesia, ahora en forma de ermita. En otras ocasiones el miedo y la superstición ante unas ruinas de gentes de un pasado remoto y desconocido, habrían empujado a contrarrestar el poder de estas fuerzas paganas, en cierto modo del mal, santificando el lugar, cristianizándolo con una ermita.
Idoubeda oros 2015 etnografía: Maricruz GC, Manuel CD, Eduardo AP.
Para esta entrada: Eduardo (texto y fotos)
© idoubeda 2015

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