jueves, 11 de abril de 2019

LA IGLESIA DE 'EL CASTILLO' (VEA)



De una década a esta parte la revolución digital y la divulgación en las atractivas a la vez que controvertidas redes, han alimentado con sus imágenes esa poderosa curiosidad por descubrir las reliquias de otros tiempos que la despoblación y el acelerado abandono rural de los cincuenta y sesenta han dejado como fósiles del pasado en numerosos rincones de la sierra. Qué duda cabe que visitar y ver estos retazos de lo que fueron pueblos, hoy sencillas y a la vez impresionantes ruinas devoradas por la naturaleza, activan en los amantes de nuestra sierra esa emotiva aventura que es reencontrarse con un pasado con el que te identificas y al que quieres. Un viaje en el tiempo a unas formas de vida que milagrosamente aún se pueden palpar y sentir los latidos entre sus piedras.


Pionero en poetizar el drama de la descomposición despobladora serrana fue Avelino Hernández. Este 2019 se cumplen 30 años de la publicación de su entrañable trabajo “La Sierra del Alba”, pequeños relatos que tienen como marco-ficción el último aliento de algunos de nuestros pueblos y despoblados: El Vallejo, Vellosillo, Acrijos, Navabellida… y el que es aquí nuestro destino, Vea. Otro de los relatos de Avelino narra precisamente su aventura para llegar al pueblo de su madre, “Y por fin llegamos a Vea” es el título, de lectura obligada para todos aquellos de mis amigos que, años después, querían venir a descubrir los vacíos de mi tierra.



Mi primera llegada a Vea, allá por los noventa, no fue tan accidentada como la que narra Avelino, que alcanza el pueblo remontando el Linares partiendo de Villarijo. Yo tomé el camino tradicional desde San Pedro, rio abajo, hoy ruta de senderismo que aquellos años sólo era ollado por algún sampedrano que quería perderse entre sus nostálgicas soledades. Recorridos poco más de seis kilómetros descubriremos Vea al retomar el Linares tras salvar el barranco del Fuentepino. Siendo rigurosos, de Vea no es el pueblo en sí lo primero que llama la atención y se ve, antes nos capturan la mirada unas ruinas, aparentemente solitarias, las de un edificio situado en un cerro inmediato de la margen contraria: El cerro es el denominado Castillo, el edificio lo que parecen restos de una iglesia. Cuentan que en las laderas del Castillo estaba el pueblo viejo de Bea ‒con B aparece en el Madoz‒ y que las ruinas eran las de su iglesia, siempre conocida caída y, como el cerro, también denominada “El Castillo”. Esta misma fuente nos contó que el viejo Vea fue abandonado reinstalándose sus gentes en el moderno de la margen derecha “huyendo” de la abundancia de culebras y “bichas” que se escondían entre las piedras del Castillo.


La iglesia del Castillo es un hito visual evidente, situada en el tercio superior de la ladera sudeste del cerro, la más acogedora, centraliza todas las barranqueras del Linares entre Soria y La Rioja, en la confluencia del Linares con su principal afluente de este sector de Alcarama, el barranco del Ambriguela. Está en perfecta incardinación visual con el pueblo, del que le separan unos 400 metros con el Linares entre ambos.


Tiene la iglesia del Castillo planta rectangular con cabecera absidiada semicircular de rigurosa orientación este y acceso por poniente. La cabecera/presbiterio es de menor tamaño en anchura que el oratorio, seguramente por ser obra más antigua al igual que toda la pared norte. El ábside es románico y toda la ampliación sur no sobrepasaría una cronología moderna temprana.




En el ábside se utilizó abundante piedra toba para conformar la cubierta y en los muros de presbiterio y oratorio se trabó la piedra con duro mortero de cal. A poniente se levantó una espadaña con dos vanos rematados en arco de medio punto. Otro vano abocinado hay en la misma pared algo más bajo y otro en el ábside. El muro sur, el más alto y que aterraza el terreno, se aseguró con contrafuertes. En el interior del edificio quedan restos de revoque de barro y enlucido con pintura roja. En la actualidad conserva el repunte de la cubierta abovedada del ábside, sus muros están parcialmente caídos y de la espadaña se ha perdido totalmente el tercio meridional y parte de los dos campanarios.

Los restos cerámicos que aparecen en el Castillo inciden en una ocupación de larguísimo recorrido que habría que remontar como mínimo a la Prehistoria reciente. Las impresionantes defensas naturales del cerro y su óptima situación estratégica en el valle no podían pasar desapercibidos, de ahí que sus vestigios, especialmente en la ladera este, la más acogedora, abarquen desde un momento temprano de la Edad del Hierro, incluso algo anterior, hasta tiempos medievales. En época moderna, cuando el viejo Vea estaba ya deshabitado, el trasiego humano debió ser importante pues según nos comentó Felisa, nacida en Vea y donde vivió hasta los 26 años, las huertas, corrales y parcelas meridionales y orientales eran muy valorados por los vecinos. 

Los restos cerámicos en este sector sudeste del cerro en el que se asienta la iglesia inciden en una ocupación romano-tardía, cronología a la que también apuntan un par de fragmentos de tegula romana reutilizados como ripio de asiento en la fábrica de la propia iglesia. En esta zona con restos romanos inmediata por el sur a la iglesia es probable que estuviese el cementerio como delata su topónimo, los Arrañes del Camposanto. En prospección, como arqueólogo, me estimularon especialmente la curiosidad una gran plataforma-afloramiento rocoso que hay inmediato por el noroeste a la iglesia, así como los enormes bloques pétreos que se utilizaron para abancalar toda esta zona oriental que se extiende bajo el lugar sagrado; pero nada tan desconcertante a la vez que atractivo como la gran roca, sin duda colocada artificialmente, que soporta la estructura del ábside; bajo ella se esconde y abre una misteriosa e inquietante gruta… Recursos literarios aparte estamos ante una estructura de cronología ante quem respecto al edificio románico.



Gracias a Felisa sabemos la advocación de la iglesia de El Castillo, que es también el patrono de Vea, San Lucas. El 18 de octubre, su festividad, se celebraba en el pueblo con tres días de fiesta, del 17 al 19. En los últimos años de vida antes del abandono, las décadas de los 50 y 60, venían gaiteros de Garranzo. El último día de las fiestas de San Lucas los mozos iban de casa en casa recogiendo donativos en especie.



Cerrada esta entrada a propósito de una iglesia-ermita ubicada en el desierto humano que son las Tierras Altas de Soria, a los pocos días de celebrarse una importante manifestación en la capital del reino que abogaba por medidas que contribuyan a paliar la despoblación, solo una reflexión, que es también un deseo... que las medidas que se tomen que algunas se van a tomar, no me cabe duda, no se queden en autovías y polígonos industriales en la capital o en las cabeceras de comarca, en los núcleos urbanos en definitiva, que alcancen a lo que realmente se ha despoblado, nuestros pequeños pueblos: servicios, servicios y servicios que permitan vivir con dignidad en ellos y que no resulten económicamente más gravosos que hacerlo en la capital.



Idoubeda oros 2019 etnografía: Maricruz GC, Eduardo AP
Para esta entrada: Eduardo (texto e imágenes), Eva GV (dibujos AutoCAD)


© idoubeda 2019


2 comentarios:

  1. Castillo de Vea lugar enigmático y privilegiado, castillo de los “moros en Bea”. “Los “lirios de la reina”, la “pisada del caballo de Santiago”, “los corrales y puente de San Miguel”, etc. se merecen unas fotos y tu texto, gracias Eduardo, pronto será lo único que quede.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Cándido. Día que pasa, día que se desvanece algo de la memoria del pasado y ahí estamos tú, yo y algunos más viviendo y compartiendo esas sensaciones desdibujadas pero atractivas de otros tiempos.

      Eliminar