viernes, 30 de noviembre de 2018

LA VIRGEN DE LA PEÑA (SAN PEDRO MANRIQUE)



Plantearse afrontar la sampedrana ermita de la Virgen de la Peña supone un pequeño reto respecto a la sistemática seguida hasta ahora para con la inmensa mayoría de las ermitas comarcales. Muchas son las particularidades y la información que aquí se concentra: su historia, con paso de parroquia a iglesia y de ahí a ermita, las trasformaciones físicas que ha sufrido con el tiempo, con momentos de plenitud y cuidado como el actual, pero también de decadencia y deterioro, la concentración de espectaculares rituales etnográficos a los que acoge su recinto y, por fin, el especial apego personal adquirido al haber vivido en primera persona alguno de los ancestrales y emocionantes rituales que se llevan a cabo bajo su sencilla y hermosa cúpula la mañana de San Juan.


En la línea de lo expuesto en este trabajo sobre el conjunto de ermitas comarcales afrontaremos la Virgen de la Peña desde una perspectiva descriptiva y un poquito histórico-arqueológica sin renunciar a las soberbias tradiciones etnográficas que en ella se viven, sin duda una de las principales claves, si no la principal, de la vigencia de este lugar como santuario que acoge año tras año unas tradiciones etnográficas que trascienden el ámbito de lo local y comarcal.


Fue la de la Virgen de la Peña una de las cuatro parroquias de la villa de San Pedro Manrique en los tiempos de plenitud del orden eclesiástico medieval y sobre todo moderno. Con la caída del Antiguo Régimen y las desamortizaciones vino a menos como parroquia al ser agregada a la de San Martín, aunque ha sobrevivido a la ruina que se apoderó de otras como San Miguel y San Juan o la iglesia-monasterio de San Pedro el Viejo. Muy probablemente se deba a que en ella residía buena parte del año, desde finales de agosto a San Juan, uno de los principales símbolos de la vieja villa y su tierra, la Virgen de la Peña. En cualquier caso también sufrió serios deterioros habiendo perdido la torre y la mayor parte de los elementos románicos originales. Su aspecto general actual tiene algo más de medio siglo: en 1937 se derrumbó el edificio al ceder la columna central que lo sustentaba, siendo desmantelados sus derrumbes y reconstruida tal y como ahora se puede ver.


El edificio se localiza en la ladera meridional del castillo medieval de los Manrique, a cobijo del sector oriental del corte rocoso sobre el que desde finales de la Edad Media se levanta la fortaleza-residencia de la nobleza local y que más de milenio y medio antes había servido de asiento a uno de los poblados castreños comarcales. Durante la plenitud de la villa debió estar ocupada toda esta zona alta por viviendas y edificios –como la parroquia de San Juan– hasta el cierre occidental de la muralla, aún visible con sus puertas. La huella de toda esta historia almacenada en estas cuestas empinadas aún puede verse en forma de trocitos de cerámica rodando por terrazas y bancales: los toscos fragmentos hechos a mano castreños, algunos más finos anaranjados celtibéricos, las cerámicas medievales denominadas de repoblación y los más modernos trozos vidriados bajomedievales y modernos. Todo ello en una acogedora ladera a cobijo de un pequeño corte rocoso que ha dado nombre a la patrona local, la Virgen de la Peña.
Bien visible en el paisaje del pueblo por su situación elevada no tiene pérdida su localización y acceso, incluso en coche, situada inmediata a sus últimos edificios septentrionales. Recomendamos en cualquier caso una subida “ortodoxa”, a pie, tomando la calle que asciende desde la esquina noroeste de la plaza del ayuntamiento (La Plazuela) en un recorrido que hará repetidas veces durante los ritos de San Juan la corporación municipal siguiendo al que probablemente es su símbolo festivo local más preciado, las móndidas. Empezarán a media tarde de la víspera del bautista para trasladar a la patrona a su residencia estival, la ermita del Humilladero, a media noche para presidir el afamado “paso del fuego” y entrada la mañana de San Juan para repetir, un año más, el emocionante ritual de la ofrenda del arbujuelo.
En el entorno previo al acceso, de cara al sur, se construyó hace unas pocas décadas el graderío que año tras año completa y rebosa su aforo para presenciar la noche de San Juan el paso del fuego, un ritual profano celebrado ya en ausencia de la Virgen y del que casi todo se ha dicho, desde los trabajos clásicos de Costa y Taracena reivindicando un ancestral origen prerromano, hasta los más recientes de Carlos Álvarez que cuestionan tanta antigüedad. Con las últimas luces del día más largo se prepara la civil y profana alfombra de brasas dirigida por los operarios municipales, un túmulo de troncos de roble cruzados que evocan lo que en contextos necropolitanos de la Antigüedad era la pira funeraria; con el ocaso se encenderá para que a media noche estén listas las brasas, como seguro lo estarán los pasadores. Escriben M. A. San Miguel y J. Mª Vasco que hace años el paso se hacía a toque de la Garbancera, una de las campanas que coronan la entrada al recinto situada antes en la caída torre de la propia ermita; otra de las campanas que ahí se ve procede de la desaparecida parroquia de San Juan.
 
La entrada al edificio se hace desde el graderío, por unas escaleras que dan acceso al  pórtico meridional, un arco de medio punto que resulta ser el único vestigio claro del edificio románico original. La ermita se levanta a partir de una planta de cruz latina con cabecera en el este y acceso por el pórtico sur, con crucero octogonal a modo de cúpula. La nave se estructura en tres partes, el presbiterio oriental, el coro a poniente escasamente elevado y el oratorio entre ambos; sendas capillas laterales ocupan cada uno de los brazos. La cabecera está rodeada por construcciones anejas, de entradas cegadas y sin una función determinada, excepto la del sudeste a la que se accede desde el presbiterio, la sacristía. La cubierta del conjunto, crucero, nave y sacristía, se soporta a partir de un entramado de vigas de madera coronado por teja con caída a cuatro aguas, salvo la nave central a tres y el crucero octogonal a ocho que se remata en un cimborrio de otras tantas caras.



La luz interior entra en el oeste a través de un rosetón enmarcado por el ladrillo tradicional habitual en las construcciones de los siglos XVII y XVIII, material que también es utilizado en el alzado de las pilastras y los arcos fajones que soportan el crucero. Otro rosetón, en este caso perfilado en sillares de piedra, ilumina desde la pared meridional de la capilla sur. Enmarcados también por piedra son los dos vanos de la sacristía, el de la pared oriental y los ocho que iluminan el crucero. El pavimento de todo el conjunto, nave, crucero, capillas y sacristía, es de baldosa contemporánea.

 
Sillares de piedra decorada en su frente soportan el retablo principal, el mayor. De este retablo, estructurado en tres cuerpos separados por columnas salomónicas que concentran la atención en el eje ocupado por la Ascensión, sólo vamos a incidir en dos detalles epigráficos. Sobre el sagrario, en el frente del pedestal de una pequeña imagen de la Virgen se lee en latín TOTA PULCRA. Más largo es el texto que ocupa la base del sagrario donde dejaron constancia de su donación y de la fecha los devotos que lo costearon:  
 MIGUEL LOPEZ  J.MA. LOPEZ DE ME
DRANO [---] IZIERON DE LIMOSNA
ESTE SAGRARIO AÑO 1661
 En la capilla derecha (norte) un segundo retablo, barroco como el anterior, y en la izquierda (sur), un altar que G. Manrique dice procede de la parroquia de San Miguel dedicado a la batalla de Clavijo; en un cuadro de la capilla se refleja esta batalla que en el imaginario cristiano-peninsular supone la inflexión del poder islámico en nuestra zona de cara al Ebro y la liberación definitiva del yugo de las 100 doncellas que la tradición ha relacionado con el sacrificio personal de las móndidas.

Bien entrada la mañana de San Juan los rituales se desdoblan, por un lado los mozos se vuelcan en el mayo (símbolo de la fuerza masculina), por otro móndidas y corporación (doncellas y poder local) subirán a la Virgen de la Peña para celebrar la ofrenda del arbujuelo. Es éste un ritual íntimo que se desarrolla bajo el crucero de la ermita. En él las móndidas-doncellas entregan el símbolo de su sacrifico, los arbujuelos, al poder local; de cuatro puntas al alcalde y el párroco, de tres al resto de la corporación, concejales y secretario. ¿Es casualidad esta especie de divorcio temporal entre la fuerza masculina y el poder local que consiente el sacrifico de las doncellas?... Es posible que sí aunque también puede no ser casual. A mediodía se reunirán y “conciliarán” mozos, móndidas y poder local en La Plazuela, delante del Ayuntamiento, con la pingada del mayo, las cuartetas y la jota, baile entre cada una de las móndidas y los miembros de la corporación en el que forma parte del rito la festiva “humillación” de alcalde, concejales y secretario cuando la móndida tira el bicornio de gala que les cubre la cabeza.
 Para un historiador de la Antigüedad y de los tiempos medievales los frentes exteriores de los edificios tradicionales tienen un atractivo especial. No es que sea muy habitual, pero tampoco es raro que en sus paredes y fachadas se hayan reutilizado viejos materiales de construcción tallados y otros elementos singulares tanto por sus perfiles bien escuadrados como por el propio enigma de sus decoraciones y textos. En la pared norte se dejó a cara vista un sillar grabado, seguramente procedente del antiguo edificio, en el que se aprecian en relieve algunos trazos rectos además de una figura en cuclillas, tal vez fantástica con elementos de ave. En la misma pared, relativamente próxima, veremos una estela discoide medieval con una flor de cuatro hojas en el centro.
Pero sin duda lo más llamativo y singular está a cobijo de la sombra del alero en la fachada sur. Bajo una nueva estela discoide en la que se distinguen semicírculos concéntricos contrapuestos se colocó hace algunas décadas una inscripción funeraria de época romana. Estudiada y publicada en su día por Mª Josefa Ramírez en colaboración con el Profesor J. Mangas, remite en su texto a una joven difunta y al dolor de su madre:
 
D M                      
ANT TITV
LLA SEM
TITVLLE
AN XX F S
C ET P M P
M INFELICISSIM
A
A pesar de la abundancia de abreviaturas y siglas, cosa habitual el este tipo de textos latinos, la traducción y sentido de este epitafio funerario están meridianamente claros: “Monumento consagrado a los dioses Manes. Antestia Titulla,  hija de Sempronia Titulla, de 20 años. Levantó el monumento para su buenísima y queridísima hija la desconsoladísima madre”. 
Una joven madre a la que mira embelesado Jesús niño es la imagen de la Virgen de la Peña que en unas muy pesadas andas vuelve a su ermita en la segunda mitad de agosto durante las fiestas del final de la cosecha, en San Pedro Manrique denominada la fiesta de la Trasladación. Parece que hubo una imagen de la Virgen más antigua, románica, conocida a partir de alguna fotografía y que describen Abajo y Maján hace algo más de una década. Es el de la Trasladación el momento en el que mejor se aprecia su devoción, con el recitado de poemas y cánticos personales a la Virgen tras los oficios de regreso.

El acierto, la fortuna de este lugar sampedrano está en el mantenimiento de unas tradiciones que mezclan con respeto y armonía lo festivo-profano y lo religioso, lo que hace de la Virgen de la Peña uno de los santuarios más vivos de Tierras Altas, uno de los lugares referentes de la cultura serrano-soriana actual.


Idoubeda oros 2018 etnografía: Maricruz GC, Eduardo AP.
Para esta entrada: Eva GV (dibujos autocad), Eduardo (texto e imágenes).

© idoubeda 2018
 

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