domingo, 11 de agosto de 2013

ERMITA DE SAN FÉLIX (SAN FELICES)

 

El pueblo de San Felices se emplaza en un paraje en altura, punto estratégico que controla la ruta natural del río Alhama entre la meseta oriental castellana y el valle del Ebro. Se asoma a las barranqueras que han conformado los torrentes de la margen derecha del río, un espacio hoy abrupto aunque aterrazado, en el que los abrigos rocosos y la humanización de un paisaje sobrecogedor y áspero, evocan tiempos difíciles y conflictivos. No en vano se ha asociado el origen del pueblo con el Castelar, castro de época celtibérica que es reocupado en época romana tardía. Es en estos tiempos de descomposición social y política del Imperio Romano cuando la vida eremita, el retiro espiritual y ascético, es enarbolado como alternativa vital por ciertos espíritus incorformistas al amparo del pujante cristianismo. Uno de estos eremitas fue San Felices o San Félix, que vivió retirado en los riscos de Bilibio (Rioja Alta).

 
Como resulta ya evidente, un santo es quien ha dado nombre al pueblo aunque, curiosamente, no ha acabado siendo su patrón, que lo es el Santo Cristo del Consuelo, ni siquiera de la parroquia, donde preside el retablo mayor San Pedro Apóstol... Poco se conserva de San Félix y de su recuerdo: dos imágenes en la iglesia a él se atribuyen y lo que fue su ermita ha perdido su carácter sacro en favor de un papel social y lúdico: es el bar del pueblo. Con todo San Félix, a pesar de sentirse hoy este relativo olvido, parece que forma parte de la raíz y de las entrañas del pueblo: lo que fue su ermita se sitúa frente a la iglesia; si ésta limita por el norte a la plaza, la ermita lo hace por el sur, sirviendo de mirador al cerro del Castelar situado en frente, al otro lado del barranco.

Tiene la ermita planta rectangular con orientación este-oeste, construida en sillarejo. La  cabecera estuvo en el este y el acceso por el norte. Parece que se cubrió con bóveda de cañón y tejado a tres aguas. Según nos comentaron el pavimento, hasta los años sesenta, fue de ladrillo tradicional, sustituido entonces por baldosas propias del momento. En la cabecera aún se conserva una hornacina enmarcada por una estructura adintelada que coronaría con la imagen del santo el altar.

Al estar situada en el borde sur de la plaza, sobre un terreno de desnivel bastante pronunciado, el frente sur tiene bastante más altura que el norte para quedar compensados. Es por esta razón que la entrada está en el norte, cara a la plaza, un firme y robusto acceso con arco de medio punto enmarcado por grandes dovelas. Debido a la igualación del terreno la mitad inferior del vano está colmatado, lo que incide en acentuar la impresión comentada de diferente altura entre las fachadas norte y sur. En la zona de la explanación inmediata a la ermita estaba el antiguo cementerio el pueblo, con pared delimitadora para el mismo.

Hace como mínimo medio siglo, si no es bastante más, que dejó de ser lugar sagrado. Lo que no hay duda es que sirvió de capilla para el cementerio y después de escuela, en los años setenta del siglo pasado. Años más tarde, con la pérdida de la escuela, pasó a ser teleclub y en la actualidad el local sirve como bar social. Tapiado el acceso norte, se entra hoy por una puerta abierta en la esquina oriental también cara al norte. Al entrar al actual vestíbulo lo primero que veremos a la izquierda, entre las mesas y las sillas recogidas de la terraza estival, es la antigua hornacina del santo, coincidiendo con lo que sería el espacio del antiguo presbiterio...  entrando a la izquierda sillas y mesas con tapete y cartas de mus... y al fondo la barra del bar. Todo un paradigma de historia contemporánea que se enseña en las universidades: la iglesia del pueblo como punto de reunión y de encuentro social que a partir del siglo XIX va perdiendo peso con la progresiva laicidad de la sociedad española hasta que ese papel de lugar social es asumido por la taberna, por el bar del pueblo...

Comenzábamos apuntado a San Felices, el ermitaño de Bilibio, como el titular de la advocación de esta ermita. Es posible, aunque no probable, pues hay detalles que no lo dejan claro, puede ser otro San Félix. La iconografía del ermitaño es la de un monje austero ampliamente barbado que sujeta un libro abierto... libro que falta en las imágenes de nuestros dos San Felices, que además visten atuendos eclesiásticos cuidados y, en cierto modo, ricos, lo que trasmite la impresión de boato... una elegancia religiosa muy distante de las cuevas y grutas propias de mundo eremita.


Idoubeda oros 2013 etnografía: Manuel CD, Eduardo AP.
Para esta entrada: Nuria (dibujos autoCAD) y Eduardo (texto y fotos)

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