Me decía el padre Andrés Jiménez, sacerdote y paisano, que la denominación de Humilladero que tienen algunas ermitas proviene de la devota obligación tradicional de humillarse, o lo que es lo mismo, persignarse, al pasar por delante de estos generalmente pequeños edificios religiosos situados a las salidas de los pueblos y que por lo común están dedicados a la pasión de Cristo. No es una excepción el Humilladero de San Pedro, situado en el extremo oriental de la plaza de la Cosa, dista unos cien metros de lo que fue el desaparecido recinto amurallado medieval y moderno, sobre la ruta tradicional que tras pasar el puente de la Dehesa conduce a las vecinas tierras de Magaña.
El edificio rectangular principal tiene muros perimetrales de piedra, como la sacristía, en su caso reafirmados al norte y el sur con contrafuertes. El espacio interior se divide en una nave occidental cubierta por bóveda de cañón reforzada con arcos fajones que coincide con el oratorio, y en el este la cabecera que sirve de presbiterio cubierta por una cúpula y con el suelo elevado tras dos escalones para realzar el asiento del altar. El conjunto tiene una uniforme cubierta a dos aguas rematada con teja tradicional.
Al contrario que muchos de los humilladeros comarcales, el de San Pedro Manrique es una ermita muy viva. De junio a agosto acoge a la patrona local, que lo fue también de toda la comunidad de villa y tierra sampedrana, la Virgen de la Peña. El 23 de junio, víspera de San Juan, a media tarde, horas antes del paso del fuego de media noche, las móndidas seguidas por la corporación municipal presiden la procesión que desde la Virgen de la Peña lleva hasta el Humilladero a la imagen de la Virgen, donde se quedará hasta la segunda mitad de agosto en que regresará a su ermita. En este tiempo estival buena parte de los oficios religiosos locales se celebran en el Humilladero para acompañar a la patrona. En todos estos eventos siempre escolta a la Virgen la imagen de San Pedro.
Siguiendo en las fiestas de San Juan, en torno a las diez de la mágica mañana del Bautista, junto a la esquina sudeste de la ermita por donde alcanza la plaza de la Cosa el camino que viene de Magaña, las móndidas presiden un ritualizado recibimiento a la corporación municipal. Alcalde, ediles y secretario regresan triunfantes sobre caballos enjaezados tras revisar y comprobar que están en orden sus posesiones de la Dehesa que, curiosamente, acoge, ¿casualidad?, las ruinas del núcleo urbano primigenio sampedrano. La entrada aspira a ser elegante parada militar de romántico sabor decimonónico; en ella los jinetes, el que puede al trote y los más avezados luciendo dominio en la monta, se descubren ante las móndidas que devuelven el saludo con un muy español movimiento de abanico. Minutos después, tras un pequeño descanso, se da comienzo a otro de los hitos festivos, la Caballada, competición ecuestre en la que los vencedores recibirán de premio uno de los panecillos del cestaño de las móndidas.
La Virgen de la Peña no sólo hacía un único viaje a la ermita del Humilladero, el estival, también se llevaba en circunstancias excepcionales en las que la devoción popular tenía puestas sus esperanzas y expectativas; esta circunstancia generó conflictos entre las parroquias locales que revindicaban su competencia. En tiempos de M. Martínez (1796) las rogativas con la Virgen ya viajaban desde la parroquia de Santa María (hoy ermita de la Virgen de la Peña) hasta el Humilladero; como en las rogativas había cierta premura por la necesidad que motivaba la rogativa y había que pedir licencias para la entrada y salida de la Virgen de cada parroquia, el hecho de que el Humilladero perteneciese a la parroquia de San Martín generó problemas. Éstos fueron solventados por el obispo competente, el de Calahorra, que liberó a las autoridades civiles de tales licencias cuando por un problema puntual y urgente se requiriese la salida en rogativa de la Virgen de una parroquia a la otra.
Una de las anécdotas más antiguas que se conocen relacionadas con el Humilladero y el fervor a la Virgen de la Peña apunta a un milagro acaecido a mediados del XVII. Se cuenta que la Virgen sanó a una mujer llamada Juana, tullida y baldada de rodillas y piernas desde hacía años. La estructura de la ermita a la que se refiere este milagro y la que acogía procesiones y rogativas que menciona M. Martínez parece que no tiene mucho que ver con la actual, por lo menos su aspecto interior. Se sabe que sufrió serios deterioros durante la Guerra de la Independencia, momento en el que fue utilizada como base por las tropas napoleónicas, siendo reformada pocos años después.
El aspecto exterior de la ermita cambió hace unos lustros, cuando se derruyó una vivienda que tenía adosada por el norte y que, con la ermita más otro edificio porticado servían de ancho frente oriental a la plaza de la Cosa. Hoy un espacio ajardinado ocupa este sector norte, lo que libera la estructura exterior de la sacristía y deja ver así los cuatro frentes de la ermita.
Idoubeda oros 2018 etnografía: Maricruz GC, Eduardo AP.
Para esta entrada: Eva GV (dibujos autocad), Eduardo (texto e imágenes).
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